Malos modos

Sobre el alcohol


Una particularidad del alcohol es la solemnidad que suele concitar. Volteen a su entorno y compruébenlo. Cualesquiera que sean las virtudes del mezcal, sus fieles —no sus aficionados, muy respetables— suelen celebrar cada trago como una inmersión en el México más auténtico, una especie de recuperación de la utopía primigenia o algo por el estilo (no he llegado a esa epifanía, tal vez porque el mezcal me acelera demasiado y prefiero volver de inmediato al whisky). Para no hablar del vino, eterno reducto de diletantes con choro profundo, o incluso de la cerveza y la ginebra, dos maravillosos brebajes tradicionalmente canallas que han evolucionado en bebidas para enterados, mira tú.

Pensaba en esto mientras leía Sobrebeber, el libro de Kingsley Amis que me regaló Carlos Velázquez hace unos días y que imperdonablemente no figura en el que publiqué el año pasado, Cocteles con historia. Un notable, Amis. Fue la carta fuerte de la narrativa inglesa después de Graham Greene y justo antes de Rushdie y la generación de Barnes, McEwan, Ishiguro y su hijo Martin. También escribió crítica y poesía. Pero no se limitó a la literatura. Fue también maestro universitario y sobre todo un agitador. Hipnotizado por el estalinismo, terminó por convertirse, junto a Robert Conquest, gran sovietólogo, en un escandalizante, certero crítico del utopismo marxista. ¿Cómo sobrellevó una vida tan activa? Con alcohol. Amis se las arregló para beber mucho y para hacer de esa costumbre una profesión: fue columnista de tragos. Ese es el origen de este libro, producto de tres anteriores: Sobre el beber, El trago nuestro de cada día y El estado de tu copa.

Todas las virtudes de Amis están aquí: una mezcla de erudición y desparpajo, una incorrección política a toda prueba, una envidiable ironía, un toque de cinismo. Es un libro de otra época, y no. Dan ganas de especular sobre lo que hubiera dicho sobre los bebedores antropologizantes que se obligan a deglutir pulque (en el pecado va el castigo) o sobre los precios que alcanza hoy el gyn. Pero el libro es una fiesta de recomendaciones vigentes (priorizar la cantidad sobre la excelsitud sin beber marranilla, entender la cruda como un mal físico pero sobre todo del alma o "metafísico", tener tu propio refrigerador porque el de casa suele estar lleno de cosas "superfluas, como la comida", reconocer la superioridad universal del single malt) y frases agudas. Me quedo con esta: "La devoción insoslayable a la autenticidad es, en cualquier área de la existencia, típica de los ingenuos... O de gente aún peor."