Malos modos

Venezuela y el silencio de los idiotas

Ah, la tristeza de Venezuela y las miserias morales de los opinadores.

Hay un poco de todo. Recuerdo que a la Poniatowska, cuando ganó el Rómulo Gallegos, le dieron tres raspones por pasear aquel vestido bordado en semejantes compañías. Los merecía, pero aquello no fue nada: un exceso de discreción bueno por cien mil dólares.

Porque los hay cínicos. Es el caso de Chomsky, que se desmarcó de Hugo Chávez —el que "luchaba por un mundo mejor"— al publicar una carta en defensa de la juez Afiuni, detenida en 2009; que luego dijo que no, que no se desmarcaba, que los del Guardian habían distorsionado sus palabras; y que en 2013 volvió a decir que sí, que pinche Chávez, que él fue crítico desde el principio. Como es el caso de Oliver Stone, el de Al sur de la frontera, un documental tan crítico, tan independiente, que Chávez himself, uno de sus protagonistas, lo piropeó sin pudores en su blog (no me defiendas, compadre...)

Los hay congruentes, como Maradona, que todavía se lleva las cirugías plásticas a la televisión bolivariana.

Y los hay arrogantes: Danny Glover y Sean Penn, otro que vio en Maduro a un digno reemplazo. A ambos, dijo en 2013, los distingue ese profundo amor por su pueblo.

Hay de todo, sí. Pero también, si lo piensan, hay un común denominador. Hoy, cuando la oposición se pudre en la cárcel; cuando las protestas son aplastadas sin hipocresías, a lo castrista; cuando no hay papel de baño, ni comida, ni medicinas; cuando la inflación es del 100%, y cuando se multiplican las evidencias de que la camarilla chavista se robó hasta las lámparas, ninguno ha levantado la mano para decir "Me equivoqué". Nada. Ni un "Ooops".

Y es que, como siempre, los que levantan la mano son los que la levantaron desde el principio, aquellos a los que las buenas conciencias les cayeron a patadas. Si no lo han hecho, queridos lectores, acérquense a ellos para entender lo que pasa en Venezuela. Porque material sólido, inteligente, no falta. Está, primero, la extraordinaria biografía a cargo de Cristina Marcano y Alberto Barrera, Hugo Chávez sin uniforme, la matriz de todo lo que se publicó después. Están los artículos de Vargas Llosa, ese cerdo neoliberal que, diría Bierce, comete el pecado de ver las cosas como son, no como deberían ser. Está El furor y el delirio, de Krauze. Y, por fin, Comandante, de Rory Carroll, corresponsal justamente de The Guardian.

O léanse el Manual del perfecto idiota latinoamericano, de Álvaro Vargas Llosa, Carlos Alberto Montaner y Plinio Apuleyo Mendoza. Sin serlo, funciona como una biografía de los otros, de los que callan. Los idiotas, sí.