Malos modos

Usos de los festivales de cine

Me cocino agradablemente en Playa del Carmen, donde el verano empezó casi al mismo tiempo que el Riviera Maya Film Festival, que cumple cinco años. Tiene mérito. La playa —que mantiene esos colores caribeños pese a los continuos esfuerzos por ahogarla en contaminantes— hace guiños continuos, el amparo moral de estar a nivel del mar posibilita el Bloody Mary mañanero y, sobre todo, la programación no es condescendiente con el espectador. No parece fácil, pues, arrastrarse hasta la sala. Sobre todo porque los festivales, si quieren sobrevivir, tienen que definir una personalidad, y la de éste, bien definida, es respondona: si sacamos de la ecuación Julieta, de Almodóvar (muy fallida), y tal vez Miles Away, la biopic de Miles Davis que protagoniza y dirige Don Cheadle, toda la programación está lejos del mainstream, de lo convencional. De veras que se ven cosas singulares aquí (y notables). Como Francofonía de Alexander Sokurov, una historia del Museo del Louvre, que es una película de guerra, que es una reflexión sobre el totalitarismo, que es un documental, que es también una película con actores. Como El Paso de Everardo González, dura, sobre los periodistas mexicanos obligados a exiliarse por el crimen organizado. Como La tempestad de Tatiana Huezo, también devastadora, sobre la desaparición de personas. O como Margarita, de Bruno Arnaldo Santamaría, entrañable historia de una homeless, filmada casi como un video casero.

Y sin embargo ahí está la gente, mucha, formada a la entrada de las salas. El festival funciona, lo que me lleva a pensar de nuevo en la razón de ser de este tipo de iniciativas. Discurría sobre estos asuntos hace unas semanas, a raíz del lamento de Paul Leduc en los Ariel, ante la aparente imposibilidad de ver cine mexicano por las enormes carencias de pantallas a modo. La situación dista mucho de ideal, pero en México se ha logrado entender lo que en otros países: asumida la hegemonía de la gran industria gringa —que realmente no creo que tangamos por qué lamentar ni mucho menos acotar—, este tipo de cine requiere como el pez del agua de circuitos de distribución alternativos. Nos los hemos dado. Con los festivales-muestras-retrospectivas-ciclos pasa un poco lo que con las ferias de libros: no resuelven los problemas estructurales de la industria o el sistema educativo, pero contribuyen a la formación de públicos y dan vida a los productos culturales. Mucha vida. Negarlo, insisto, significa un acto de desprecio por quienes se han empeñado en conseguirlo, pero sobre todo por el público, perfectamente capaz de encontrar y entender el cine que vale la pena.

Disculparán el optimismo. Ha de ser el Bloody Mary.