Malos modos

Elie Wiesel

El sábado murió Elie Wiesel (1928), en Nueva York, a los 87 años. Una muerte que me trajo varias sorpresas. La primera, darme cuenta de que tenía poco presente su obra, sobre todo su Trilogía de la noche y específicamente su primer volumen, Noche, que narra el secuestro suyo y de su familia a manos del fascismo húngaro y el traslado a Auschwitz y luego a Buchenwald, donde fueron asesinados sus padres y una de sus hermanas. Me parece que esa desmemoria no es sólo mía. Wiesel publicó unas 40 novelas, ensayos, obras de teatro y piezas memorialísticas, pero la fuerza de su activismo a favor de la paz, de veras conmovedor, nos ha hecho olvidar que detrás del hombre que increpó a Reagan mientras le entregaba la medalla del Congreso, del anciano que acompañó a George Clooney a la ONU a hablar de Darfur, del que exigió a Clinton que hiciera algo con el exterminio en la antigua Yugoslavia, había un escritor en plena forma. Significativamente, ganó el Nobel, sí, pero el de la Paz.

En mi caso, la culpa de esa desmemoria es también de Primo Levi. Francamente, no he leído poco sobre el nazismo y el genocidio de los judíos europeos, pero ningún testimonio de los campos tiene el poder de Si esto es un hombre, un prodigio de precisión descriptiva —esa prosa austerísima, como de clásico romano— y profundidad analítica. Mi idea y mi imagen de Auschwitz están determinadas sin remedio por el turinés, supongo que como tantas otras.

La segunda sorpresa, no tan grande, fue darme cuenta de que el libro no estaba en el librero. La tercera fue descubrir que es ya casi imposible encontrar la obra de Wiesel en español. Así que apelé al formato electrónico y a la lengua inglesa, que me permiten ahora enmendar una injusticia. Noche es una obra maestra. Ante la desmesura del horror de los campos, Levi opta por la distancia: su prosa quirúrgica, ecuánime, vuelve la narración del horror eficacísima por contraste. Wiesel, consciente de que pretende describir lo indescriptible, toma la historia por la solapa y la cuenta con una valentía implacable. Porque es necesario ser valiente para recuperar la imagen de esos bebés quemados vivos en los crematorios, escena que lo recibió nada más poner pie en Auschwitz, o para recrear el modo en que se quedó congelado mientras un SS mataba a golpes a su padre anciano.

Dijo conocidamente Wiesel que si había dedicado su vida a preservar la memoria del exterminio era porque no hacerlo significaba una forma de la complicidad. Ojalá que los editores en lengua española vuelvan a ayudarlo en la tarea.