Malos modos

Ruido

Berlín es una cura instantánea para la neurosis. O tal vez sea, más bien, un diagnóstico negativo. Debo confesarles que en ciertos ambientes ñoños e intolerantes tengo fama de neurótico, y que en ocasiones, cuando estoy vulnerable, flaqueo y me pregunto si no será una fama merecida. Por prudencia y decoro, no ofreceré ninguno de los ejemplos de tales ocasiones que se me agolpan en la cabeza, pero diré que me duran poco, puesto que si algo he aprendido a reconocer en mí es un grado de salud mental por encima del promedio, y que proceden de orígenes tan diversos como la infame educación vial de mis conciudadanos, la resistencia de los cajeros automáticos a ofrecer efectivo cuando lo necesitas y la subnormalidad de quienes diseñaron los servicios de banca en línea, concebidos para hacernos perder un tiempo que no recuperaremos.

Hay, sin embargo, un detonante de mi irritabilidad que me traía inquieto de un tiempo atrás, y es el ruido. Me molestan las carcajadas de los grupos de oficina que festejan en los restaurantes, los claxonazos del vecino de enfrente que no puede bajarse a tocar la puerta de su casa, la música fuerte y fea de los vecinos de atrás que festejan la alegría de vivir cada sábado en la noche, el himno a la bandera de la secundaria pública de al lado, el tamales calientitos, los cohetes que sólo aguanto porque irritan a los dueños de los perros que ladran incesante, insufriblemente en toda la colonia Escandón donde vivo, como en la San Miguel Chapultepec donde viví, como en los deterioradísimos parques de la Condesa, como en la Roma. Pero mi novia, sensata salvo cuando se trata de la iluminación artificial, que la crispa hasta grados insospechados —fíjense qué cosa extraña—, me dijo una vez que no exagerara, que una cuota de ruido es normal en una megaurbe, sobre todo una tan cosmopolita y tan viva como el DF, y que la verdad le parecía un poco incongruente que dejara caer tal cantidad de quejas alguien que clama tanto como yo contra la vida apacible y silenciosa del campo (no soporto la naturaleza, con su alienante incomodidad). Y le creí. Lo que pasa es que vine a Berlín el día de los 25 años de la caída del Muro, con miles de personas festejando en las calles, y descubrí que en una ciudad tan cosmopolita y tan viva como esta no se oyen ladridos de perro, nadie decidió que el claxon es una buena forma de comunicación, la gente evita las carcajadas y los vendedores no anuncian las salchichas con esa voz plañidera y gangosa. Así que váyanse con su fiesta a otro lado, compren los tamales en la Flor de Lis o donde sea que los anuncien en silencio, muevan el trasero fuera del coche para que les abran la puerta y, sobre todo, eduquen a sus pinches perros. Porque, ¿saben?, la civilización alemana me da la razón.