Malos modos

Rosa Albina la guerrillera

A los intelectuales de izquierda les cuestan los análisis de conciencia, los mea culpa. Son pocos los que, como Raymond Aaron, como Vargas Llosa, como Paz, luego de aplaudir a Lenin, o al estalinismo, o a Mao, o a Castro y el Che, aceptaron públicamente sus errores y le dedicaron un rato al autoanálisis, a la reflexión profunda: “¿Cómo carajo decidí defender semejante cosa?” Son pocos, sí, y por cada uno hay cinco o seis Chomskys aplaudiendo a Chávez o a Daniel Ortega… Pero pocos y todo son muchos más que los militantes de izquierda dados a ese tipo de confesión de parte.

Esa es sólo una de las razones por las que me cae bien Rosa Albina Garavito —luego están las personales, pero no vienen a cuento. Vaya biografía la suya: estudió en Monterrey y el Chile de Allende, se afilió a la guerrilla en plena guerra sucia, pasó meses en el hospital por herida de bala, fue amnistiada y vuelta a desamnistiar, la espiaron, viró hacia la izquierda democrática, fundó el PRD, fue diputada y senadora y finalmente, por un asunto de incompatibilidad de principios, decidió renunciar al partido y vivir en el error, es decir, fuera del presupuesto, lo que prueba, en mi opinión, su arraigada decencia.

Su decencia y su sentido crítico. Rosa Albina es de esas militantes que sí han hecho autoanálisis y lo han compartido con sus paisanos, como lo prueba Sueños a prueba de balas, una memoria o “ensayo personal” que publica Cal y Arena. Es, esencialmente, un recuerdo de sus días como estudiante y su entrada a la guerrilla, entre los 60 y los 70, y un documento no sólo escrito con mucho salero, sino de gran importancia si se trata de entender a nuestras antiguas izquierdas radicales y al México que las hizo posibles. No comparto muchas de sus convicciones: descreo de Marx como una buena herramienta de interpretación de la historia, no simpatizo con el EZLN, que me parece un movimiento reaccionario e intransigente, tengo fuertes sospechas con los usos y costumbres, es decir con los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, y no estoy seguro de que las guerrillas setenteras hayan contribuido a consolidar la democracia en este país. Pero Rosa Albina es, en todo caso, una conciencia crítica como hay pocas, al menos entre las que han puesto esa conciencia por escrito (Luis González de Alba, Gustavo Hirales, Roger Bartra…), y sus admiraciones marxistas y zapatistas son las de una demócrata que descree de la vía armada y las figuras caudillescas, no las de aquella joven estudiante de Economía que ansiaba acabar con el mundo para crear uno nuevo. Saludo a Rosa Albina la guerrillera, o más bien a Rosa Albina la ciudadana, que felizmente se puso a escribir.