Malos modos

Razones para no ser compa

La práctica de firmar como “compa” antes de tu nombre, más o menos extendida en las redes sociales, nació como una forma de solidaridad con los detenidos en la marcha por Ayotzinapa del 20 de noviembre, acusados de tentativa de homicidio y quién sabe qué más. No entro a la discusión de si la policía actuó o no irresponsablemente, de si había pruebas contra los detenidos, ni a la de si los cretinos que se embozan para pintar muros, golpear granaderos y lanzar cohetes son “infiltrados”. Digamos que suspendo mi escepticismo y doy por buenas esas versiones —por mucho que Sandino Bucio, “el chico Molotov”, y no hablo de música, fue balconeado nada menos que por Carmen Aristegui—, y celebro que no le soltemos la rienda a las autoridades, que vigilemos a los vigilantes: que no permitamos la violencia sin filtro del Estado. Aun así, no encuentro una sola buena razón para ser “compa”.

Y es que el uso mismo de ese nickname compartido implica suspender la crítica y abrazar la militancia: adoptar un lenguaje es también, muchas veces, adoptar una cosmovisión, un sistema de creencias, una ideología, para decirlo coloquialmente, y la ideología que se deja ver entre los “compas”, en esencia la misma que lanza a las calles a los normalistas de Ayotzinapa, es una aberración que no necesitamos adoptar para horrorizarnos con las muertes imperdonables de esos chicos o dudar de la policía. Los normalistas que secuestran camiones con camisetas del Che, como los maestros de la 22 que aporrean a quien se les planta en las narices entre hoces y martillos que brillan al sol, no defienden buenas causas con malos métodos, ni ponen en duda su legitimidad y su congruencia por apelar a la violencia, como les reprochan con suavidad algunos moderados que, ingenuamente, intentan reencauzarlos, convencidos de que los mueve la desesperación, pobres, y necesitan palabras suaves, diálogo, la caricia de una solidaridad serena y afectuosa. Aunque no ha habido señales de muchas lecturas profundas de Lenin o el Che en esos ambientes, lo que hacen esas turbas cuando convierten las calles en trincheras es ser congruentes. Tan paupérrimo en lenguaje y conocimientos como se quiera, su discurso de utopismos trasnochados, de lucha de clases, de armas en puños proletarios y campesinos que disparan contra la burguesía parasitaria, tiene un sustento intelectual: las ideas también sostienen las gasolineras quemadas y los saqueos a la Coca-Cola. 

Este debate, el de las ideas, se echa de menos en los medios de comunicación. Es una hueva hacerlas, claro, pero entender lo que pasa en nuestras calles exige ciertas lecturas. Yo, zafo. Ahí se las encargo.