Malos modos

Prohibido pasar sin mascotas

Incluso para quien, como yo, el mundo de los animales de compañía, o mascotas, como carajo se les tenga que llamar en estos días de corrección política, carece por completo de atractivo, hay algo innegable sobre ellos: son fascinantes por lo que dicen de nosotros. Y dicen mal. Sobra recordar que el maltrato es la norma histórica; significativamente, a la gente se le trata como perro, se le hace trabajar como burro. Hemos sido, sí, un asco. Bien está pues que los protejamos, y no únicamente por ellos: parafraseo a no sé quién y les recuerdo, queridos lectores, que hay que ser un idiota para pensar que el maltrato a los animales es sólo un problema para los animales. Ocurre que sus ojos no reflejan tanto su vida interior, que dicho sea de paso no es ni la milésima parte de rica de lo que suponen sus fans contemporáneos, como la nuestra.

Dicho esto: ¿en qué momento decidimos que los animales son seres espiritualmente más elevados, que los distinguen sentimientos más dulces (vean por favor el documental de Herzog sobre el hombre de los grizzlies), que los esfuerzos más sublimes de nuestro altruismo son los que les dedicamos a ellos, y que, en consecuencia, cualquiera que entienda esta verdad es un ser éticamente superior, libre de las leyes o las costumbres que rigen a los huérfanos de perro o gato? ¿En qué momento decidimos no ya humanizarlos sino superhumanizarlos, es decir, atribuirles nuestras virtudes pero no nuestros vicios? Más vale preguntárselo, porque los perros, en especial, se han convertido en una plaga que provoca una grave enfermedad moral en sus dueños. Pasa con ellos –no con todos, por supuesto: mi vecino de página, para mencionar uno, es irreprochable— un poco lo que a los fanáticos religiosos: que el roce con lo sublime –en este caso, una mezcla de poodle con callejero que lleva un paliacate al cuello— los convierte en personas mucho peores. Los dueños de perros son tipos que no tienen problema en sembrar de mierda las calles, en atormentar a sus vecinos onda experimento nazi con horas de ladridos, en aceptar que ese como labrador pero con pelos chinos en la cabeza que adoptaron intente morder a un niño porque “es muy sensible”, en que salir a correr a un parque sea un peligro porque el bulldog con cocker con chihuahua que recogieron en Ecatepec cuando iban a la Fundación Jumex se pone nervioso.

Lo peor, claro, es que quedan cada vez menos lugares libres de mascotas: cada nuevo espacio pet friendly es celebrado como un logro sindical. Hasta que lo prohibido sea pasar sin animales, y encima los del otro lado de la vitrina nos vean con cara de “Deberías aplaudir por esto, que nos enaltece a todos”. Y sí. Aplaudir como focas, por supuesto.