Malos modos

'Plaza de la Soledad' en Sundance

Plaza de la Soledad, el documental de Maya Goded que tuvo su estreno este domingo en Sundance, reunió en la sala a mucha gente que respondió con entusiasmo. Tiene mérito. Aunque el cine mexicano festivalea con fortuna desde hace años, el muy exigente Sundance llevaba una década resistiéndose a nuestros compatriotas. Aun así, la noticia me alegra mucho pero me sorprende poco.

Me tocó la suerte de atestiguar el último año y pico de trabajo sobre Plaza... Un trabajo complejísimo. Hace dos décadas, Goded se adentró en las calles de La Merced, conocidas como el entorno de una importante cantidad de mujeres dedicadas a la prostitución. El resultado fue venturosamente lejano a la Sociología. Y es que ese adentramiento le permitió establecer una relación cercana, entrañable, con varias de esas mujeres, que se explayaron de forma valiente y conmovedora frente a la cámara. Sin duda, la película estaba destinada a brillar. Lo estaba porque la fotografía es de una rara y perturbadora belleza, normal en una fotógrafa con esos conocidos talentos, pero sobre todo porque esa cercanía se transmite a cada minuto. Con todo, la chamba pendiente era mucha. Faltaba agarrar ese universo inacabable de material, destilarlo, reordenarlo y narrar una historia, algo que los fotógrafos como Maya saben hacer, pero con herramientas muy diferentes a las del cine. Vaya si lo consiguió.

Plaza de la Soledad es una película de gran complejidad. Ensamblada coralmente, hace lo que hace el buen documental: no da respuestas, sino que despierta preguntas. En cuanto la estrenen aquí, vayan a verla. No será una sesión apacible: la trama se construye a partir de un puñado de vidas francamente duras, marcadas por la pobreza y la violencia. Pero tampoco deben esperar otro documental melodramático y condescendiente. Las protagonistas son personajes de una gran riqueza: tristes pero llenas de humor y hasta alegría, víctimas del entorno pero independientes, duras pero solidarias, siempre inteligentes. Sobre todo, viven y comparten esa dimensión de lo humano que nunca va asociadaa los trabajos no ficcionales sobre la prostitución: el deseo. Bravo.

Va la obviedad: el cine es colectivo. Basta ver los créditos para darse cuenta de que la directora estuvo bien acompañada. Valentina Leduces de lo mejor en los terrenos de la edición, y los productores Mónica Lozano, Eamon O'Farrill y Martha Sosa llevan años demostrando que se puede hacer un cine bueno y exitoso. Se merecen, todos, un buen whisky para combatir el frío de Utah.