Malos modos

Pequeñas alegrías de vivir sin Dios

Confío en que no se ofendan las personas de fe que lean estas líneas, pero a quienes fuimos criados por padres ateos las convicciones religiosas, el hecho cotidiano de creer en lo sobrenatural, la cercanía de dios como fuente de certeza ontológica, de paz, nos resulta tan ajeno, tan estrambótico, como pueden serlo para un católico los sacrificios de animales de la santería o la animación de los muertos —okey: tal vez un poco menos—. Añado que la religiosidad en tales casos no solo es imposible por una certeza adquirida en la infancia y para siempre —el ateísmo es más tenaz de lo que suelen imaginar los creyentes—, sino indeseable, en la medida en que constituye un obstáculo para vivir esta vida, la única, como es debido.

Esto no significa que la religión me sea totalmente ajena. En La religión americana, Harold Bloom se declara un arreligioso que estudia con admirada fascinación el complejísimo universo de la fe yanqui. No llego a tanto como a una admirada fascinación, pero acercarme al hecho religioso me llena de pequeñas alegrías por al menos dos razones. Una, el simple morbo, que es el glutamato monosódico de la vida intelectual. Ver al senador Martínez y Martínez en plan de profeta bíblico que anticipa el infierno para los que le agarren la mano (y espero que algo más) a una persona del mismo sexo me provoca tanta indignación por el destino de mis impuestos como regocijo ante la estupidez humana.

La otra razón es menos cuestionable. Evidentemente, no hay una comprensión razonable de los asuntos humanos que excluya el conocimiento de su religiosidad. Esta certeza está en la base de unas cuantas joyas escritas desde el rigor de la investigación, desde lo terrenal, que ponen a lo religioso en contexto, lo desmenuzan, nos lo ofrecen desglosado y desprovisto de esoteria. Dos se las debemos a Bloom: la mencionada arriba y Profecías del milenio. Una tercera es El fin de los tiempos, de Damian Thompson, imprescindible para entender el sectarismo apocalíptico reciente.

La última, nuevecita, es El zelote, de Reza Aslan, un acercamiento a Jesús como figura histórica, esto es, una deliciosa colección de desmentidos. Entre ellos, que no, Jesús no fue un jipi avant la lettre, sino un revolucionario furioso dispuesto a pasar a cuchillo a las legiones romanas; o que no, no fue una figura atípica, sino otro de los muchos profetas del fin de los tiempos que clamaban por los desiertos.

Créanme, estas lecturas tienen otro sabor desde el escepticismo. Lo dicho: son las pequeñas alegrías de vivir sin dios.