Malos modos

Octavio Paz y el IFAI para intelectuales

Supongo que Guillermo Sheridan aceptaría con gusto que le dieran un peso por cada vez que ha tenido que volver al tema de la renuncia a la embajada de la India de Octavio Paz. La última fue la semana pasada, cuando publicó en El Universal algunas consideraciones sobre una buena investigación de archivos a cargo de Jacinto Rodríguez Munguía que sin embargo la revista emequis tituló, muy dudosamente, “La trampa de Paz”.

No quiero volver al asunto, sobre el que Sheridan, entre otros, ha escrito con mucha más solvencia de la que puedo ofrecerles. Los hechos son que Paz, que en el 68 trabajaba en el cuerpo diplomático, dejó de hacerlo luego de la matanza del 2 de octubre, y que desde hace algunos años se le regatean méritos a aquella decisión, muy rara en un país de intelectuales vacunados contra la renuncia. En principio no está mal, lo de ser quisquilloso. México está corto de investigaciones solventes en lo que toca a la historia de la intelectualidad y sus relaciones con el poder. Claro, hay excepciones notables. Se conoce decentemente lo que pasó con el Ateneo o los Contemporáneos, para no hablar del trabajo de Gabriel Zaid, el de Enrique Krauze, que no sólo analiza con detalle a la vieja guardia (Cosío Villegas, los Siete Sabios) sino también a rigurosos contemporáneos como Carlos Fuentes, o más recientemente el de Héctor Aguilar Camín, que en “Mis querellas con Paz” (vayan a Nexos) inicia lo que promete ser una larga serie de ensayos-memorias que otros deberían imitar.

Pero luego están los intocables. Francia, Inglaterra y los Estados Unidos tienen una digna tradición de ensayos a contracorriente, pura incorrección política, sobre la intelectualidad y el poder. Me refiero a la tradición de Christopher Hitchens, de Martin Amis, de Mark Lilla, de Julien Benda, que han puesto en solfa a unos cuantos santones de la derecha, sí, pero también, cosa más rara, de izquierda. Aquí, la minuciosidad con la que se observa la vida de Paz (o de los propios Krauze o Aguilar Camín), ese espíritu de IFAI para intelectuales, no suele aplicarse a personajes públicos claramente vinculados con los poderes políticos, casos del propio Fuentes, de Monsiváis, al que nadie podría acusar de distancia, por ejemplo, con los gobiernos chilangos, o de Elena Poniatowska, que lo mismo recibe un premio de manos de Hugo Chávez que te arma un plantón a mayor gloria de AMLO. Ojalá que, como ya han hecho Rogelio Villarreal (lean El tamaño del ridículo) o Luis González de Alba, otros apliquen el espíritu IFAI en esos terrenos. Me parece que se van a sorprender.