Malos modos

Nuevos apuntes sobre la canofilia

Leí hace tiempo en algún rincón de Facebook una enfática y francamente perturbadora invitación a adoptar perros “mestizos”, perros sin raza, esos que antes llamábamos callejeros. Lo perturbador radica en que el creativo que concibió la publicidad de la organización responsable se disparó con la idea de que, ya saben, hay que adoptar porque, palabras más, palabras menos —disculpen, pero no logro dar de nuevo con el recuadrito de mientes—, la humanidad ya tuvo oportunidad de comprobar que apostarle a la pureza es un error de consecuencias gravísimas.

El repertorio de disparates contenido en las pocas palabras del anuncito es en verdad llamativo. El primero tiene que ver con los perros mismos. Nada hay de reprochable en hacer mejor la vida de un can de los que viven en los albergues. Pero hablar de razas puras en ese contexto es, solo para empezar, de una ignorancia sublime que promueve además la ignorancia. No hace falta saber que las razas puras se distinguen, justamente, por no ser puras. Los perros, criaturas que están incluso más lejos que los hombres de la naturaleza, son el producto de un mestizaje controlado, es decir, un invento rigurosamente humano, y un invento de una sofisticación, una creatividad y un sentido práctico que pocas veces se ve. La historia del rottweiler, nacido tal vez en la antigua Roma, o la del mastín español, un eficaz cuidador de ganado, o la del akita japonés, diseñado (sí: diseñado) para pelear con osos y apoyar a los samurái en la batalla, son fascinantes, enriquecedoras, conmovedoras a ratos. Prescindir de ellas es triste y empobrecedor, para decirlo en dos palabras. Pero esto, a fin de cuentas, es casi irrelevante.

La verdadera atrocidad de la publicidad a que me refiero radica, por supuesto, en esa repulsiva, evidentemente descerebrada y solo en el mejor de los casos torpe referencia al racismo. En tiempos menos cursis y menos supersticiosos, las redes sociales hubieran ardido de indignación. No hoy, cuando muchas más personas de las debidas decidieron trasferir a los perros las virtudes propias de la humanidad, es decir, antropomorfizarlos, y hacerlos conguentemente beneficiarios de toda su estructura ética. Hace también unas semanas escribí en este espacio que lo más interesante de los perros es lo que dicen sobre sus dueños. La indignación resultante fue mucho mayor que la que provocaron de los canófilos a los que me refiero, los de la analogía con el racismo. Y es que lo que dicen los perros es tristísimo.