Malos modos

Nostalgia de Maradona

Cuando los del Cruz Azul nos deprimimos, volteamos hacia Argentina. El eterno favorito pierde una y otra vez los partidos que importan, los que dan campeonatos, y los pierde con planteles multimillonarios. No es reciente. Recordemos que la Albiceleste no gana un Mundial desde el 86. ¿Qué ha pasado en estos años? Mejor: ¿qué no ha pasado? Lo que no ha pasado es Maradona. A diferencia de Messi, un jugador sobrevalorado, Maradona fue un genio, en el entendido de que un genio es, para empezar, el que marca diferencias. Messi es un talento y seguramente el mejor jugador en activo, pero sus triunfos importantes se han apoyado en un Barcelona de otro planeta, el de Xavi e Iniesta. Fuera de ese hábitat familiar, no soporta la presión. Lo demostró Alemania y hace unos días el más humilde Chile, en la Copa América. A Maradona lo ponías en un Nápoles muy clase media baja o en una Argentina bastante más tronca que la actual y fabricaba campeonatos.

Quienes me conozcan se sorprenderán de leerme un homenaje a semejante personaje. Veo a Messi  después del juego contra Chile y sí, me sorprendo por echar de menos a El 10. Más aun, me preocupo. Pero corro a ver Maradona by Kusturica y todo vuelve a su sitio. Emir Kusturica es un buen ejemplo de lo peor de la progresía contemporánea. Con un par de largos interesantes por ahí de los 80, se ha convertido en un opinador contradictorio y mamón que lo mismo coquetea con la Serbia que machacó a los kosovares o elogia a Putin que le dedica una película a Mujica. ¿Quién mejor para darle bola a Maradona? Desde su retiro, el Pelusa no ha hecho ni dicho cosa decente. Lo mismo aparece como tonto útil de Chávez en un discurso, entre intelectuales que lo miran con clara condescendencia, que babea frente a Fidel en su programa de TV. Ha sido un mal padre, un mal esposo y un gandul no mucho mejor que las pirañas de la prensa que lo acosan. Incluso en la cancha fue discutible. Su justificación de la “mano de Dios” como un ajuste de cuentas por las Malvinas no esconde lo que realmente fue ese acto: una trampa baja y cínica envuelta en victimismo populista, nada más. Kusturica no se da cuenta, pero lo que retrata es a un oligofrénico.

Con todo, o más bien por eso, lo echo de menos. Como el genio que sí fue con el balón, el personaje da para un buen villano, y los villanos en el futbol son importantes. Lo que nos queda es Messi, que en su antipatía autista, su mala fe hipocritona (fíjense: patea de mala manera)y sus berrinches de medio pelo no da ni para indignarse. Va una apuesta: el próximo Mundial, ya con 31 años, tampoco lo gana.