Malos modos

El lamento eterno

Me incomoda el discurso de Paul Leduc durante la ceremonia del Ariel. Si tuviera que usar un término para definirlo sería "apocalíptico", y de plano me resulta imposible compartirlo, sin negar que algunas de sus afirmaciones son pertinentes. A manera de respuesta a las cifras que dejó caer Rafael Tovar, que celebran la buena salud del cine mexicano, Leduc citó otras como preámbulo a calificarlo de "invisible". Y, faltaba más, muchos le aplaudieron a rabiar.

El espacio de esta columna es muy limitado.Van pues algunos apuntes, con un afán de que la discusión no se apague.

Me incomoda, primero, que Leduc haya pasado por encima del hecho de que varias películas mexicanas hayan roto récords de taquilla en los últimos tres años. Entiendo que No se aceptan devoluciones, Nosotros los nobles o Cásese quien pueda no sean las obras que quiere ver Leduc en las salas, pero de lo que hablamos aquí es de la capacidad del cine mexicano para llegar al público, no de apreciaciones estéticas, y esas películas consiguieron entre cuatro y 15 millones de espectadores. No basta, no es lo ideal, pero nunca había pasado algo parecido.

Me incomoda, luego, la reincidencia en una retórica antimperialista. ¿De veras tiene sentido contrastar oootra vez las cifras de Disney o Warner con las de Ambulante o Mantarraya, para enseguida decir que nuestro cine queda reducido a festivales y poco más? Ese poco no es poco. Entiendo que la exigencia de fondo es que el cine nacional tenga más presencia en salas. Conforme. Mientras eso pasa, habría que valorar el hecho de que pueda buscar a su público en Ambulante, la Cineteca, los circuitos universitarios, Filminlatino, Netflix, Blim, Clarovideo, la televisión por cable y la cultural, las giras y muestras o el Cine Tonalá. Y es que barrer de un plumazo esas evidencias significa barrer con muchos esfuerzos afortunados de instituciones públicas como Imcine, sí, pero particularmente de ciudadanos entusiastas y empresarios que enriquecen nuestra cultura. Unos cuantos de esos esfuerzos se deben a algunos de los que aplaudieron. Ojo con el Síndrome de Estocolmo.

En una conversación con Vicente Molina Foix de 2004, cuando la mitad de esas posibilidades de ver cine no eran ni un proyecto, la Sontag dijo que este arte nunca ha tenido tantas posibilidades de llegar al espectador que merece. Que es ya momento de abandonar el lamento eterno. Leduc, que merecía el reconocimiento que le dieron entre otras cosas por su notable ritmo narrativo, usó demasiados minutos para lamentarse frente a las cámaras de Canal 11. Logró llamar la atención. Ojalá que del lamento pasemos a las propuestas.

¿Qué hacemos, apreciado señor Leduc?