Malos modos

Otto Dix llega a México

Tengo la impresión de que hoy se le atiende poco, pero hará unos 20 años, si eras escritor en ciernes, tenías que ser muy cuidadoso con lo que decías cuando alguien mencionaba a Ernst Jünger. Respuestas como “¿Ernst qué?” o “La neta, no lo he leído” te valían unas cuantas miradas de hielo, de esas que significan “No te has atrevido a mirar a los ojos a la verdad”. Y es que en torno a Jünger había un connato de culto. Por el lado de la frivolidad, causaban cierta excitación, cierto cosquilleo de malditismo, su secrecía, sus relaciones ambiguas con el nazismo, su propensión a experimentar con drogas y sobre todo su perturbador canto a la guerra como experiencia íntima, espiritual, que se encuentra antes que nada en Las tempestades de acero, su memoria de la Primera Guerra Mundial. Pero no todo era frivolidad y pedantería en esa admiración. La verdad es que Las tempestades es, sí, una obra maestra en la misma medida que un placer culposo, por la fuerza poética, la lucidez malvada con que rinde culto a la trinchera, a la experiencia en el límite, a la violencia como expresión estética. Jünger, sospecho, hubiera marcado sin remedio a muchos jóvenes autores si no fuera porque luego había que llegarle al gran antídoto contra la lectura: Martin Heidegger, experto en pensar simplonadas, envolverlas en el manto de lo obtuso y venderlas como gran filosofía.

En realidad, Jünger es la expresión más fina de un espíritu muy de la Alemania del primer siglo XX: la del culto a la violencia, la ultranacionlista, la antiilustrada, la del Estado fuerte y el caudillo providencial que acabará por dar lugar al nazismo, y que desde luego tuvo serios y brillantes detractores. Uno, el más taquillero, fue Erich Maria Remarque, el de Sin novedaden el frente, extraordinaria novela antibélica. Otro optó por la imagen y, singularmente, compartió la Cruz del Mérito con Jünger el 59. Es Otto Dix, primera espada del arte alemán, que acaba de aterrizar en tierras chilangas, en el Munal, con Violencia y Pasión, extraordinaria retrospectiva.

Calificado como casi cualquier cosa, desde impresionista hasta dadaísta, Dix sufrió la Primera Guerra, que retrata con esa serie de grabados brutal, implacable, desesperanzada, que abarca el primer segmento de la expo. Fue luego un cronista cínico de la República de Weimar, un artista predeciblemente proscrito por el nazismo y por fin, tal vez, un postimpresionista no más alegre, hasta su muerte el 69.

La exposición del Munal es, en una frase, obligada. El castigo por perdérsela es leer a Heidegger.