Malos modos

Jis y Trino

Las aportaciones de México al arte de la caricatura son francamente atípicas: incluyen desde humoristas capaces de hacernos reír con elementos tan inesperados como los guajolotes, caso de Magú, hasta caricaturistas con talento para el dibujo pero sin un ápice de sentido del humor y con un exceso de certezas políticas: El Fisgón. O a quienes un hombre de talentos, el novelista gráfico y novelista a secas Bef, llamó “dos tesoros nacionales”: Jis y Trino.

Como la mayor parte de los chilangos, los conocí hacia finales de los 80 o principios de los 90, cuando, junto a Falcón, irrumpieron en las páginas de La Jornada con “La croqueta”, una sección que no sólo desentonaba en las páginas de ese periódico, ya entonces anclado en la caricatura política, sino en la prensa mexicana en general. Y es que nunca habíamos visto algo así. Recuerdo todavía la sorpresa gozosa de mis amigos, la sonrisa con que decían “Están bien locos”. Cómo negarlo. “La croqueta” iba del humor negro-negrísimo al surrealismo desenfrenado, de ahí a la escatología menos pudorosa, a la sátira social y a la autorreferencialidad desparpajada. No había en esa página nada de lo que solía y suele distinguir a la caricatura mexicana: la idea del humor como vehículo para satisfacer una agenda política, el espíritu edificante camuflado de irreverencia, la voluntad didáctica de cara a las masas que, pobres, necesitan orientación, no sea que voten a lo güey otra vez.

Dudo que lo pretendieran y me consta que no lo presumen, pero Jis y Trino fueron muy importantes para cuartear el monolito de la censura oficial. No evadían el comentario político pero lo rebasaban con creces, y eso, tal vez, los ayudó a decir lo que les daba la gana y así recordarle a los lectores que la caricatura no es sólo que admita sino que a muy a menudo exige el juego en el límite. Con el tiempo llegarían Los Simpson, South Park y las películas de Sascha Baron Cohen, pero en aquellos días éramos todavía rotundamente pudibundos, salvo tal vez en las periferias contraculturales.

Con el tiempo, Jis y Trino, Trino y Jis, se han convertido en mucho más que agitadores culturales: inventaron al Santos y su entourage, luego convertidos en cine; ilustran libros con talento; exponen y rompen los límites del cómic o la caricatura para acercarse a la narrativa y las artes visuales de altos vuelos, todo sin perder su capacidad original para sacarnos de balance. Por eso, justamente, decidimos Carlos Puig y yo invitarlos esta semana a escribir sobre la censura en Tribuna, en este periódico. Por eso los leemos con inquietud y admiración.