Malos modos

Irvine Welsh se hace gringo

AIrvine Welsh lo conocemos todos por las mismas razones: lo hizo famoso Danny Boyle con esa notable adaptación de su novela Trainspotting, que también terminó de hacer famosos a Ewan McGregor y Robert Carlyle, en el año 96, y luego Anagrama se encargó de poner su obra en las librerías del orbe hispano. ¿Qué descubrimos en esa obra? Básicamente, el microcosmos yonqui-escocés-dialectal que sí, seguramente tiene mucho de realismo duro, de reflejo de ciertos submundos edimburgueses, pero que tal vez se parece otro tanto a los ejercicios idiomáticos y el clima distópico y mordaz de un sujeto como Anthony Burgess en La Naranja mecánica. Porque en el humor desenfrenado, la guarrez, el virtuosísimo callejero del idioma de Welsh se deja ver una especie de realidad distópica, en el entendido de que las realidades distópicas a lo que se parecen, cuando están bien pensadas, es a la realidad-realidad. ¿Welsh se volvió entonces un escritor de culto? Pues sí: la etiqueta aplica, si es que las etiquetas aplican...

O aplicaba. Porque su nueva novela es una sorpresa para aquel que lo haya leído antes. Una buena sorpresa. Siguen en La vida sexual de las gemelas siamesas (también publicada por Anagrama) el humor sin concesiones, pasadísimo de lanza, y el barroquismo procaz que tanto se les complica a los traductores españoles. Pero es que ahora Welsh hizo una novela gringa. Gringuísima. Por todo: por el idioma, por la ambientación —Miami— y por las preocupaciones que subyacen a la trama. Trataré de evitar los spoilers. Baste saber que hay dos personajes centrales, dos mujeres antitéticas, una artista gordinflona y exitosísima y una entrenadora de gimnasio obsesionada con la alimentación y el ejercicio, unidas porque la vida es cruel —o no tanto: ya me dirán cuando lean el libro— y nos hace bromas pesadísimas con esa herramienta que tanto aprovecha, el azar.

Pero la novela dista de ser una mera broma o una diversión propia del autor que ya la hizo y se puede permitir alguna frivolidad. Hay en ese monumento al exceso que es La vida sexual de las gemelas siamesas mucha sustancia: la mirada comprensiva —pero no militante o complaciente— al mundo femenino, la reflexión mordaz sobre el modo en que nos relacionamos con nuestro cuerpo y todo cuanto lo nutre, y desde luego una aproximación malintencionadísima al mundo de las redes sociales, la tele basura y la celebridad instantánea.

El escocés Irvine Welsh, que vive en Estados Unidos desde hace un tiempo, se hizo gringo. Y le vino bien.