Malos modos

Instrucciones para novelar la tragedia

Las grandes tragedias no suelen producir novelas relevantes, al menos en el plazo corto, y sobre todo si se trata de novelas alejadas de la llamada no ficción. La revolución bolchevique y el estalinismo dejaron ejercicios memorísticos, diarios y hasta relatos breves, pero tardaron en producir a Solyenitzin. Lo mismo vale para el nazismo y el Holocausto (piensen en Primo Levi), la revolución cubana (Arenas, Cabrera Infante, esa joya que es Informe contra mí mismo de Eliseo Alberto) o el 68 mexicano, con La noche de Tlatelolco pero, sobre todo, con Los días y los años de González de Alba. Ni hablar del maoísmo o la guerra civil española.

Doble mérito, entonces, de Enrique Serna, que en su última novela acerca la lupa al México transa, hipocritón y depauperado pero, principalmente, sangriento, el que disfrutas cotidianamente, estimado lector, y lo hace con el espíritu de venganza que debe esperarse en un buen escritor cuando decide consagrarse a estas tareas, es decir, con una copa de ácido en la mano. La novela se llama La doble vida de Jesús, y es un ejercicio rigurosamente —disculpas por el terminajo— ficcional, pero ante todo, sí, rigurosamente lleno de mala leche, es decir, un ejercicio implacable de sátira, de retrato de costumbres: un ajuste de cuentas con este país de mierda.

Trataré de evitar el spoiler, pero tengo que sintetizar la trama para que podamos entendernos. El protagonista, Jesús Pastrana, es un político redentorista y conservador que decide lanzarse por la alcaldía de Cuernavaca para limpiar la ciudad de la corrupción política y la crisis delincuencial propiciada por policías y narcos, o viceversa. En ese trance, se le atraviesa en el camino Leslie, un travesti corrientérrimo e hipersexualizado que, a fuerza de polvos, le pone literalmente la puntilla a su pudibundez católica.

Tal vez solo así, satíricamente, sea posible novelar la tragedia sin sucumbir al lugar común. En todo caso, el libro cae de maravilla si eres un ciudadano deprimido por las corruptelas, los crímenes y los fracasos económicos que nos rodean. Serna es fiel a una tradición de nuestra narrativa que no puede presumir muchos nombres, pero que entre ellos cuenta con el de su majestad, Jorge Ibargüengoitia. Es, sobre todo, fiel a su trayectoria como cuentista y novelista, que se distingue por el humor no como aderezo sino como forma de la inteligencia literaria, por la perturbación de la masculinidad como gran tema y por la desesperanza como forma suprema de la sensatez. No es poco. Lean a Serna y participen de su venganza.