Malos modos

Harper Lee, I

No he leído la nueva novela de Harper Lee, que espero comentar la próxima semana. Sé lo mismo que ustedes: que si bien es una secuela de Matar a un ruiseñor, fue escrita antes que ésta; que la señora Lee no imaginaba siquiera que el manuscrito había sobrevivido; y que el lanzamiento en todas partes, pero sobre todo en los Estados Unidos, ha sido épico, como merece una autora que habrá vendido unos 40 millones de ejemplares.

Si no he leído Ve y pon un centinela es porque me pareció prudente volver antes a Matar a un ruiseñor, que me receté hace un siglo con gusto pero sin entusiasmo. Esta vez mi experiencia fue muy diferente. ¿Qué pasó? Que envejecí (bueno: maduré). Por mucho que este libro es un clásico de las escuelas norteamericanas y bien está que así sea, la voz de la narradora, la pequeña Scout, no es tan fácilmente asimilable para los lectores jóvenes, que suelen ser de una solemnidad a prueba de altos calibres. Descubro en la relectura que Harper Lee, una autora novatísima aunque no jovencísima (el libro es del 60, ella del 26), es en verdad astuta. En el contexto de la lucha por los derechos civiles, escribir sobre un abogado que defiende a un afroamericano acusado de violación en la vieja, racista Alabama significaba coquetear con el panfleto, la literatura didáctica: desplomarse en la ingenuidad, pues. ¿Cómo evitarlo? Paradójicamente, con una apuesta por la ingenuidad. Scout, una especie de versión femenina de Tom Sawyer, es inquieta, brava, deslenguada y aguda, pero también eso, naif. Es, en suma, un personaje muy a contrapelo de la literatura de hoy, tan cínica, porque ofrece un registro del humor casi extinto, ese humor entrañable, blanco, suavecito, que sin embargo deja ver en sus fondos la cara del infierno.

Y es que, sí, entre otras cosas Matar a un ruiseñor es un retrato del infierno, un infierno rural, prejuicioso, hipocritón, que se esconde en el pintoresquismo de un pueblito de Alabama de esos con pastel en la ventana y picnic luego de la iglesia. Pero también es un brillante ejercicio de estilo, y aquí difiero de buena parte de la crítica. La voz de Scout es adictiva incluso para un lector afecto a monstruos como James Ellroy o Ibargüengoitia. Se acusó en su día a Harper Lee de no haber escrito este libro, de haberle pedido a su compadre y vecino de Alabama, un tal Truman Capote, personaje apenas disimulado de su novela, que la escribiera. Por favor: Capote, que rozó el genio, jamás habría podido crear un  personaje como éste. Para eso se necesita otro tipo de genio.

Compruébenlo. Atrévanse, cínicos.