Malos modos

Grossman y la "tele" pública

Piensen un minuto, apreciados lectores, en la BBC, con esa imaginativa capacidad de producción, y coincidirán en que la televisión pública tiene tres obligaciones. La primera es desarrollar programas que aporten algo innovador en términos de contenidos y formatos. En México caminamos hacia allá en los años de Enrique Strauss y Jorge Volpi en Canal 22 y de Fernando Sariñana en el Once. Esa tendencia, hoy, parece haberse revertido.

Sin embargo, los canales públicos también deben saber irse de shopping. El 22 compró muy bien en sus inicios salinistas y lo hizo muy bien hace poco, cuando se trajo la breve serie que inició el lunes pasado: Vida ydestino, adaptación de la novela de Vasili Grossman, una de las grandes del siglo XX. Entusiasta temprano de la revolución del 17, Grossman llegó a la Segunda Guerra tal vez ya no como un entusiasta pero sí al menos como un convencido de la necesidad de enfrentar a los fascismos; lo hizo en calidad de corresponsal del diario Estrella Roja. Estuvo en varias de las batallas decisivas del frente ruso, avanzó con el Ejército Rojo en la contraofensiva y fue uno de los primeros testigos del Holocausto (sus testimonios fueron usados en Núremberg) pero, sobre todo, estuvo en la batalla de Stalingrado. En días de Jruschov, ya desencantado, intentó publicar su forma novelada de aquella masacre apocalíptica, una versión reloaded de Guerra y paz. Fue imposible: demasiado antisovietismo. Acabaría por publicarse mucho después, en los 80, en Suiza, gracias al disidente Andrei Sajárov, hábil contrabandista de microfilmes. En español la publicó brillantemente Galaxia Gutenberg, que ahora la reedita.

Hacer tele a partir de Vida y destino es para gente de talento. Sin orden lineal, la novela es un complejo mosaico de voces, tristezas, estampas violentas que retratan a los altos mandos nazis o soviéticos, sí, pero también a los oficiales medios, los civiles, los soldados rasos. Y los rusos, malditos, logran hacer la adaptación con brillantez. Esa cámara rinconera que camina entre ruinas, ese humor desencantado que se empapa de vodka, esa suciedad de cada escena y, sobre todo, ese reflejo implacable del horror totalitario... Televisión de altos vuelos, que por añadidura, es de pensarse, será incómoda para una Rusia, la de Putin, el ex KGB, que vuelve a rendir culto a su pasado autoritario y lo hace por la vía del autoritarismo actuante.

Porque la tercera obligación de la tele pública es, justamente, ser incómoda, no sea que se convierta en tele gubernamental.