Malos modos

Galeano, qué solos nos dejas

Se murió Galeano y háganse de cuenta que hubiera muerto Obi Wan Kenobi, tal fue la sensación general de orfandad. Las redes sociales y no pocos articulistas le dieron el adiós que se le da a un sabio tibetano o un sensei, uno de esos hombres que se van y dejan la sensación de que gracias a su transcurrir en nuestro valle de lágrimas éste es un poco más armónico, sereno, cordial: llevadero. Se entiende. Agudo, suave de modos, de natural poco violento, ecuánime e irónico, Galeano supo cultivar lo obligado en todo escritor que coquetee con la popularidad: un personaje. El suyo, un revolucionario socarrón que puede denunciar al imperialismo yanqui sin renunciar a las delicias del futbol o las mujeres, fue de mucha utilidad a la izquierda latinoamericana, que en los 70 todavía acusaba esa solemnidad de politburó que ni las barbas de Fidel o Ernesto Cardenal habían logrado contrarrestar del todo.

Aquel espíritu entre lúdico, guasón y performancero se agradece: mil veces antes que el mesianismo de Chomsky o el bolchevismo paleto de Ignacio Ramonet. Porque, sin duda, Galeano está mucho más cerca de figuras como esas de lo que puede parecer. Como sus compañeros de ruta, vende el tipo de autocrítica que hace un largo recorrido teórico para llegar exactamente al mismo sitio, y es que para qué quieres la realidad tangible, una molestia, cuando hay verdades reveladas. Es cierto, como se ha dicho, que renegó Las venas abiertas de América Latina, el tratado de antiimperialismo que lo haría próspero y famoso (y que no ha dejado de estar en librerías desde el 71), por considerarlo simplificador. Pero su cosmovisión, simple como un vaso de agua, no cambió realmente desde entonces. El mundo, según Galeano, es en esencia una lucha entre el bien y el mal, es decir, entre el imperialismo con sus siglas o avatares (el FMI, el Banco Mundial e incluso Google) y sus víctimas. Por eso, podía hacer apuntes críticos sobre el régimen de Castro pero recordarnos que lo de Cuba, carajo, es una resistencia súper digna (nadie le explicó que una resistencia digna debe ser también voluntaria) o palmear la espalda de Chávez, porque mientras las supuestas democracias a lo occidental son una puesta en escena, una farsa —poderes fácticos nos gobiernan desde la sombra—, en Venezuela no vio una señal de control mediático, fraude electoral o clientelismo. Chomsky puro, pues. Todo sencillito. Pero lo dicho: con sorna. Ahora sólo nos queda la pesadez del mesías gringo. Así que, de corazón: “Galeano, qué solos nos dejas”.