Malos modos

Fundamentalismo ciclístico

Se aprende con los años que la fe no muere, sólo se transforma. Es un fenómeno muy estudiado: la crisis del catolicismo movió multitudes hacia el new age y el islam. Pero hay otras formas de la religiosidad que piden, ya, el ojo del sociólogo. Formas muy a modo para las clases medias ilustradas, con cierto espíritu crítico, que no caerían en las manos de Paolo Coelho (a propósito, qué bueno el chiste de que tras el Mundial dejó de ser la mayor vergüenza brasileña). Pienso, por ejemplo, en el obradorismo ultra y en esa forma del ¿animismo? que consiste en elevar a nuestras mascotas al estatus ontológico de superhombres. También se aprende que meterse con la fe es peligroso. Hace poco escribí sobre las relaciones patológicas que sostenemos con nuestros perros, y hagan de cuenta que puse una bomba en una iglesia. Me llovieron insultos, entre ellos “senil”, lo que pasados los 40 arde, pero sobre todo confirma que en ciertos contextos, hoy, vale más ser un perro que un anciano.

Bien, hay en los últimos tiempos otra forma de fe notablemente extendida que es el culto a la bicicleta. Como cumplo años y ando hipersensible, empezaré con algunas precisiones que tal vez me ahorren insultos. El uso de bicicletas es, a priori, irreprochable. Nos urge hacer ejercicio, anular ruidos, humos, embotellamientos, mafias de valet parking. Aplaudo a las nubes de ciclistas que salen de noche, un buen modo de recuperar los espacios públicos. Bien Ecobici, por los ciudadanos que montan una canastita en el manubrio y van al mercado, por las organizaciones que presionan a las autoridades para que hagan algo contra los microbuseros que nos arrollan con tranquila impunidad.

Los problemas empiezan cuando se confunde un medio de transporte con un paradigma civilizatorio, porque sentirte el portavoz de un paradigma, que siempre es una forma de la fe, te hace sentir dueño de todos los derechos y muy pocos deberes. ¿Has tenido que amarrar los frenos porque la chica que pedalea con el tapetito para el yoga se pasó el alto? ¿Te ha embestido un ciclista en sentido contrario mientras cruzas la calle con el muñequito en verde? ¿Viste a la ciudadana que peleaba por su derecho a atravesar Insurgentes en bici entre los corredores de la Maratón? Sobre todo, ¿has notado la mirada de superioridad que te recetan tantos ciclistas cuando les tocas el claxon, te quejas, levantas las manos con pasmo ante la agresión? Te lo explico: no se puede regatear con un iluminado; poseer la verdad exime de respetar las reglas. A eso se le llama tener un cheque en blanco, el salario del fundamentalista.