Malos modos

Escritores comprometidos

No recuerdo en qué periódico apareció. Es una vieja crónica de Saramago en la que narra cómo un día el pleno zapatista lo emboscó en un juicio asambleario para exigirle que explicara las razones de a saber qué opiniones muy, pero muy matizadamente críticas que había publicado sobre el movimiento.

La crónica es en sí misma una muestra de compromiso. Resulta notable que un hombre así de granítico, al que se le recuerdan pocos meaculpas (su distanciamiento  con el castrismo duró como dos días y medio), haya reconocido sus pecadillos de heterodoxia, haya agachado la cabeza y lo haya contado sin tapujos. Y es que pocas bibliografías reflejan la pasión por la certeza que permea la suya. No era don José de los que problematizaban sus convicciones. La carga crítica de su obra, tan celebrada, se dirigía exclusivamente a sus bestias negras: el libre mercado y las “falsas libertades” de las democracias. Relean sus libros más populares, el Ensayo sobre la ceguera por ejemplo. Son metáforas o alegorías sobre la putrefacción capitalista. Sobre la chulería de Marcos o las bufonadas chavistas, ni media palabra. Son actos de fe, sin desviaciones del camino del bien: muestras congruentes de compromiso. No te concedas el talante crítico que te indigna en el prójimo.

Borges decía en cambio que a él lo de “literatura comprometida” le sonaba como a “equitación protestante”. A un disparate. Con eso decía que la literatura no regala certezas, sino preguntas. Me saltaron estas dos referencias la semana pasada, cuando murió Nadine Gordimer. Nadie podrá acusarla de falta de compromiso. Se quedó en Sudáfrica en los años del autoritarismo más duro para defender los derechos de la población negra, una apuesta bastante más peligrosa que los tours a Las Cañadas. Ese compromiso irreprochable marca los momentos menos felices de su obra, pero no los más felices, que abundan en dudas, matices, tonos de gris: preguntas.

Visitó México en 2008, cuando los festejos por los 80 de Carlos Fuentes, en los que trabajé con Jorge Volpi. La invitamos para hablar en una mesa integrada por novelistas. No le pareció suficiente. A sus ochenta y pico, discreta, educadísima, correosa como una jardinera inglesa, llamó a la oficina y pidió que la ayudáramos a negociar una plática con los alumnos de Letras de la UNAM. No quería cobrar. Tampoco cacarearlo en los medios. Tan significativa como la crónica de Saramago, esta anécdota nos habla de un tipo de compromiso íntimo, lleno de elegancia, firme pero no tieso. También congruente, con su modo de estar en este mundo y de escribir sobre él.