Malos modos

Elogio de la mala voz

El tío abogado que en la comida familiar, cuatro tequilas encima, se levanta para dedicarle una canción a su esposa, lo que pretende es demostrarnos que podía haber sido un nuevo Plácido Domingo, la culminación misma del arte. Así, alza la mano con la palma hacia el cielo y deja ir la voz melódica, extendida, grave, con mirada de arrobamiento.

Valga como ejemplo. Somos una cultura propensa a las voces operáticas, potentes y dulces, relamidas. Lo nuestro, lo nuestro, son el bel canto y sus derivaciones, a veces para bien y casi siempre para mal. No es nada más que tengamos que soplarnos al tío en su rol de “cuarto tenor”. Es que en una de esas se sigue y llama al mariachi, la más plañidera y estridente de nuestras músicas. Es que si bien a Luis Miguel se le despreciaba y compadecía cuando mis días en Filosofía de la UNAM, en cortito eran varios los que confesaban: “Lo que sea de cada quien, tiene una voz preciosa, ¿eh?”. Es que… Para qué sigo. México está diseñado genéticamente para la ñoñería musical.

Y es una monserga. Porque, decía un suegro dedicado a la música, de lo que se trata es de interpretar, cosa muy diferente a dejar ir la voz. Lo decía —hecho sorprendente en un hombre de izquierda y consagrado al folclore— de Alejandro Sánz. Con justicia. Las “malas voces”, las voces llegadas desde la banqueta, desde el exceso de tragos y tabaco, carrasposas, ácidas, correositas, atípicas, en el polo opuesto del engolamiento y el academicismo, suelen hacer mejor ese trabajo. Pienso en Marianne Faithfull, una referencia habitual de mi  amigo Nicolás Alvarado, a la que los años de excesos le dejaron la voz así, añosa, endurecida, irresistible. Pienso en Lou Reed, que no cantaba y por lo tanto cantaba muchísimo. O en Tom Waits, o sea en dios. Pero sobre todo pienso en Jaime López.

Lo conocí en los 80 como la firma bajo esas canciones inesperadas, chispeantes, urbanas y literarias, que bien interpretó Cecilia Toussaint. No sabía que tras esa firma había un performancero brillante, con una  voz “mala” un tanto a lo Waits, o sea buenísima, un humor irónico muy Chava Flores y una ostensible pero desolemnizada teatralidad. Es incontable lo que se le debe, todo bueno. Anticipó unos cuantos hallazgos de Botellita de Jerez o Café Tacuba, demostró que se puede vivir de la música al margen de la mercadotecnia, dotó de profundidad sin pedantería al rock nacional e hizo más grandes a unos cuantos, como letrista o a su lado, guitarra en mano.

Cumplió 60 hace unos meses. Tarde, pero felicidades, maestro López. Mis respetos.