Malos modos

Elecciones: las ganas de ser iraní

El otro día tuve ganas de ser iraní.

Llegué a Morelia en Boca, un encuentro para glotones y bebedores impresentables pero también para amantes de la sofisticación que quieran, además, empaparse de cine, porque este encuentro decidió aliarse con el Festival. Me froté las manos. No sólo porque soy un impresentable, sino porque estoy convencido de que ese tipo de iniciativas, esos maridajes de lo “cultural” y lo gustativo, tienen mucho que ver con que nuestro país sea más atractivo, más rico para vivir; con que, en fin, la corrupción y la violencia no se lo terminen de cargar. Pese a todos sus defectos, la vida mejora alrededor de la FIL, el Festival de Morelia, los conciertos en la vendimia de Ensenada. Mejora porque se llenan los hoteles y restaurantes, o sea por el vulgar dinero, pero sobre todo porque confirmamos que hay maneras mejores de estar juntos, de usar los espacios comunes, de habitar las ciudades.

Así que, lo dicho: me froté las manos… Durante tres segundos. Algún genio decidió usar altavoces para impulsar su candidatura, de modo que, sin agua va, el centro histórico se volvió inhabitable: el ruido hizo imposible tomarse una cerveza en los portales, o leer con un café, o pasear. Era sólo el principio. Al día siguiente, otro genio decidió acordonar la zona, poner un escenario y explicarnos lo bueno que sería tenerlo de gobernador. Resultado: tráfico infernal y los vidrios de los edificios vibrando cual bombardeo por el volumen de la música y los berridos del “animador”.

Recordé entonces la decisión que tomó el alcalde de Teherán: deshacerse de los 1,500 espectaculares que afeaban la ciudad para poner en su lugar reproducciones de obras de arte. La idea obvia, evidente, es usar las calles como un museo. Pero hay algo más de fondo: una idea del espacio común, de la buena convivencia. Compárenlo con la invasión de nuestras vidas que implican las camionetas con estribillos machacones, los carteles horrendos, los micros con eslóganes, la radio y la TV saturadas de oligofrenia. Pasará, me dirán. Son las elecciones... ¿Sí? En la caradura con la que disponen de nuestras calles, nuestros ojos y nuestros oídos, en la inversión multimillonaria en esa marranilla que lo afea todo, queda sintetizado lo que piensan los candidatos de nosotros, sus pendejos. Su idea de la sociedad.

Así que tuve ganas de ser iraní. Claro, enseguida recordé las prohibiciones contra el cerdo, la minifalda y el alcohol. Resignado, me encaminé a la “Degustación de whiskies”, para beber y hablar de las pocas ganas que dan de ir a votar.

Siempre nos quedará el single malt.