Malos modos

'Desierto' o la nostalgia

A lo mejor es la edad, que te vuelve adicto a la nostalgia, pero tengo la idea de que el cine de género —particularmente el de acción y el de terror, que son los que me ocupan ahora— entraron en su época negra durante los 90, luego de un era dorada que arrancó a fines de los 60 y tuvo sus mejores momentos entre los 70 y los primeros 80. ¿Qué pasó en esos años? Pasó que la industria dio lugar a un nutrido grupo de directores que renovaron la narrativa y radicalizaron las propuestas visuales del cine de masas al tiempo que lo usaron como un medio para la reflexión política, la especulación antropológica y la crítica social—no para la militancia o el proselitismo. Los ejemplos sobran, de George A. Romero y sus zombis a Walter Hill en Los guerreros, a John Carpenter en Asalto al precinto 13 o a Wes Craven en Las colinas tienen ojos.

Ignoro si Jonás Cuarón comparte mi desasosiego con el Hollywood de los 90, pero me consta que sí comparte esas aficiones por la acción y el terror de los años previos. Y vaya que les ha sacado partido. La película que acaba de estrenar, Desierto, que narra el paso de uno grupo de emigrantes mexicanos a los Estados Unidos y la cacería sin tregua a que los somete un vigilante con muy buena puntería y un perro de veras terrorífico —una línea del cine de explotación, la de los canes infernales, que tristemente acabará por morir a causa de la ñoñería con que leemos el mundo animal hoy en día—, ha merecido muchos y merecidos comentarios por el trabajo de Gael García y sobre todo por su oportuna aparición, en plena avanzada de Trump. Y es que el modo de aterrizar, hoy, la complejidad del fenómeno migratorio mexicano, de ponerle rostro, de hacerlo cercano y actuante, es desde luego un acierto. Pero no menos aplausos merece Cuarón por el modo en que abre, o merece abrir, toda una veta cinematográfica.

Y es que con Desierto te sientes frente a un digno heredero del Spielberg de Reto a la muerte, esa joya del suspenso sobre un tráiler que persigue sin tregua a un conductor por las carreteras, e incluso del James Cameron de Terminator. O sea, de aquel cine que te mantenía con las uñas clavadas en el asiento a la vez que te dejaba, al salir de la sala, con una sensación de desasosiego profundo, de dudas reales. Un cine que hizo industria sin renunciar a la inteligencia, pues.

Esa es la veta que nos descubre Cuarón. En México, con muy pocas excepciones, hay una brecha demasiado ancha entre el cine estrictamente comercial y el cine de autor. Desierto invita a llenarla. Es el primero de sus muchos méritos.