Malos modos

Cuba: entre Maquiavelo y Juana de Arco

Les propongo un ejercicio interesante. Métanse a las redes sociales y escriban, por ejemplo, que el Che era un matón, o que Fidel no tiene una catadura moral mejor que, digamos, la de Pinochet, y vean qué pasa. A punta de insultos y descalificaciones, van a descubrir que, al final, no, no toda la izquierda ha superado sus atavismos. Yo dije algo parecido en la televisión la semana pasada, y de falangista no me bajaron. Ha de ser porque la baturrez de los orígenes no puedo esconderla.

Me hubiera gustado responder lo que respondo ahora: que Fidel falangista no es, pero que a Franco lo quería mucho, por eso el luto nacional cuando la muerte del Caudillo. Pero ese no era el tema, o no nada más. Lo que pretendíamos Nicolás Alvarado y yo En Foro TV era pensar un poco a Cuba, so pretexto del bandazo geopolítico de Obama, con el acento en los libros que hay que leer sí o sí para entender el fenómeno del marxismo tropical. Y, la verdad, de libros no hablamos mucho.

Mis disculpas. Debí recomendarles que leyeran a Oppenheimer (La hora final de Castro) y a Ricardo Massetti (Elfuror y el delirio), para ver cómo en treinta años puedes convertir al país que dizque encarna una alternativa a la depredación capitalista en un socio del narcotráfico colombiano. O a Huber Matos (Cuando llegó la noche), para recordar cómo Fidel, con toda su retórica épico-guerrillera, prefería evitar el plomo y mandar a otros al frente. O a Reinaldo Arenas, para asomarse a los campos de reeducación (los mismos que elogia Ernesto Cardenal en sus memorias), esos hechos para que se te quite lo burgués o, por qué no, lo puto. O a Eliseo Alberto (Informe contramí mismo), para razonar cuánto puede valer un régimen que te exige delatar a tu familia. O a alguno de los biógrafos del Che que no sucumben ante el mito, como Jorge Castañeda o John Lee Anderson, para ver si el caballero era o no un matón (creo que también lo llamé psicópata, y sí...)

Dice Margaret McMillan en 1914 que más nos vale entender que los individuos, los hombres con poder, determinan el curso de la historia (una contravención a la historiografía marxista, dicho sea de paso). Pregúntenselo si no a los cubanos. La desgracia rotunda que es su isla, esa que 55 años después descubrió que sí se puede negociar con los gringos (tal es la magnitud del triunfo socialista), responde a las decisiones de un puñado de facinerosos. Destacadamente, a un fanático, el Che, y un cínico, Fidel. Juana de Arco o Maquiavelo.