Malos modos

Confieso que leo cómics

Era domingo. Mi hija, que tiene adicción a los libros y rechaza el Kindle, me arrastró a la Rosario Castellanos, luego de una comida bestial y una botella de vino. Ya saben: la crueldad instintiva de la adolescencia. En la librería descubrí que había una especie de pequeña feria del "cómic y la novela gráfica". Y nada, que se me hicieron más llevaderas la indigestión y la cruda: confieso que leo esas cosas desde hace décadas.

Pertenezco a una generación en la que leer cómics (entonces no había tantas sutilezas taxonómicas y sólo se llamaban así, cómics: nada de "novelas gráficas") estaba mal visto por las castas intelectuales, para empezar por mi madre. Mucho tendría que ver con aquel escepticismo que en los 70 y 80 no había en México mucho de qué agarrarse. Recuerdo los "monos" de Excélsior (qué aburridos eran El Príncipe Valiente y Mutt y Jeff). Recuerdo también la visita de fin de semana al kiosco de la esquina en busca de Periquita, Archie, Lulú, Fantomas, alguna pieza prohibida de terror gótico que contrabandeaba dentro de El pato Donald y, claro, Batman o El hombre araña. Poco más. Estaba Ásterix, pero el precio lo hacía cosa de cumpleaños y navidades. De modo que me formé, en términos de cómic, así: con la invaluable editorial Novaro.

Me vinieron pues a la cabeza aquellos años frente a los anaqueles de la Castellanos, bien surtidos de cómics o novelas gráficas de alto nivel, para empezar aquellos que descubrí ya mayorcito, en los 90, y que sólo conseguías, a cuentagotas, o en el extranjero o en sitios muy especializados, por verdaderas fortunas. Me refiero al Frank Miller de Sin City, a Milo Manara, a Moebius, a varios de los cuales, ya que estamos, conocí gracias a una revista de vida breve, Bronca, dirigida por PIT II, que me gustaría conservar, carajo. Le debo a Corto maltés, y mi gratitud no cabe en una vida.

Lo otro que logré ante esos anaqueles fue constatar hasta qué punto ha encontrado lugar el género en este país. Gracias a sus editores, como Sexto Piso o Resistencia, y desde luego gracias a sus autores, algunos de ellos buenos amigos, del casi joven Bef (qué bueno es Uncle Bill) a los todavía un poco menos jóvenes Jis y Trino. Sujetos a los que me gusta imaginar, como a mí, hace años, con aquellas lecturas culposas en las manos, y que han publicado obras sofisticadas, sorprendentes, profundas, que tal vez, si agarro valor, me atreva a presentarle a mi madre, para que vea que no estábamos tan perdidos.

O que ellos no estaban tan perdidos, y que, en lo que a mí respecta, habrá que echarle la culpa a otra cosa.