Malos modos

Charlie Brown, o la sabiduría

Como muchos de mis conciudadanos, empecé a leer a Mafalda gracias a Excélsior, que publicaba los fines de semana un encarte de tiras cómicas francamente singular, un tanto retro, que incluía lo mismo al Príncipe Valiente que a Mutt y Jeff, más pesados que un yunque. Con la posible excepción de la cobertura beisbolística, bastante buena, lo único legible de aquel diario, arrancado ya de las manos de Julio Scherer, eran esas minificciones de Quino. Entendía mucho menos de la mitad de lo que leía, porque aquellos escuincles hablaban de cosas muy raras (¿qué sería eso del Vietcong?), pero de todas maneras la lectura era un gusto, sobre todo cuando aparecía Manolito, esa bestia entrañable.

Con todo, hoy, al paso de los años, veo las aventuras sesenteras de esa suerte de Periquita argentina como un mero propedéutico, una preparación para merecer esa cima de la cultura del siglo XX que es Peanuts, en realidad un antecedente de Mafalda que sin embargo llegó a mi vida después que su sobrina argentina, en parte porque los dos libritos que tenía mi padre en el librero estaban en inglés y en parte porque la vida a veces funciona bien y te dosifica los grandes momentos en que, dice Proust, las felicidades llegan a pararse sobre el deseo que las llamaba. Digo lo del propedéutico porque Charlie Brown presentaba sus desafíos. No estábamos acostumbrados a leer historias protagonizadas por niños sabios. Los mocosos de libro o periódico, antes de conocer al gran Carlitos, eran desmadrosos, valientes y hasta dulces, pero no sabios, y la sabiduría, ya saben, es desasosegante. Mafalda abrió brecha, con ese estilo más explícito de transmitir los saberes profundos, ese estilo porteño que oscila entre la ironía y el melodrama. Pero Charlie Brown, incluso en mayor medida que su prodigioso entourage (Snoopy que es un novelista muy creíble, la intimidante Lucy, el odioso Schroeder que era un aviso de los varios, pinches músicos hipersensibles que llegarían a robarnos a las novias), tiene la sustancialidad de las grandes verdades existenciales. Tiene, en concreto, la sustancialidad de la melancolía apacible, de la tristeza domesticada.

Y es que Charlie es, antes que nada, eso: un niño triste pero lleno de vida y de pasiones, como le gustaba a los antiguos griegos, por ejemplo. Su creador, Charles M.Schulz, sabía lo que hacía cuando lo dibujaba solo bajo la lluvia, en el montículo del pitcher, que es el lugar más solitario del mundo, persistente en la derrota y en el entusiasmo por el juego, y dejaba caer un resultado abrumador, tipo 139 a 0. Un concentrado de sabiduría en un cuerpo de seis años, eso hacía.