Malos modos

Caparrós, el impertinente

Martín Caparrós es un impertinente. Justo cuando las clases ilustradas se abandonan al furor gastronómico, justo cuando su agenda social pasa por la adopción de perros, primer requisito de un mundo mejor, se deja caer con un libro sobre el hambre. La que sufren los hombres, quiero decir.

Se llama así, clara y concisamente. El hambre. No hay confusiones.  Tampoco regaños, palabras con altavoz dirigidas a la humanidad insensible, párrafos indignados por nuestra calidad moral. Novelista con un Premio Herralde en la mochila, conocido por sus textos futboleros, por un libro sobre el cambio climático —Contra elcambio— que tiene muchas afinidades con éste e incluso por uno de placeres, glotón —Entre dientes—, Caparrós es sobre todo un cronista excepcional y uno de los pocos especímenes sobrevivientes de escritor viajero. Eso es, antes que nada, El hambre: un libro de viajes. Se peinó nuestro autor las geografías de la pobreza extrema, es decir, del hambre en el sentido más literal, desde Níger hasta la India y Bangladesh, y regresó con abundantes historias cercanas, íntimas, de desamparo: crónicas. Pero también con un arsenal de números. Y los números, ya se sabe, suelen ser disruptivos, incordiantes, mucho más eficaces que la prédica. Como esos que dicen que el mundo produce alimentos suficientes para unos 12 mil millones de personas, pero que unos mil 500 millones no comen todos los días, al tiempo que casi la mitad de la comida producida se desecha.

Números indispensables, además, porque El hambre es también un libro con una fuerte carga ensayística. Ese es, desde siempre, uno de los talentos de Caparrós: la capacidad para hermanar el relato con la reflexión, a la crónica y el ensayo. El libro es el de un escritor, no el de un profeta o un líder social. Es un libro ecuánime aunque nunca distante; hay enojo, no hay arrebato. Por eso logra llevar a los lectores un tema que hace tiempo perdió el protagonismo en los medios —¿alguien recuerda las referencias cotidianas a Biafra, un país que ya no existe, o las persistentes fotos de los niños hinchados de parásitos en Etiopía?— y que recupera de manos de los funcionarios de la ONU, algunas ONG y unos cuantos académicos.

Redondito, sí, el libro impertinente de Caparrós. Porque, al final, te deja la sensación de que  hay unas cuantas cosas podridas en el mundo. Y ya se sabe lo que viene después de este tipo de lecturas: una revisión a fondo, de raíz, de un buen puñado de certezas. Eso es lo que logran los libros de verdad buenos.

Déjense incordiar, estimados lectores.