Malos modos

Brasileño y negro

De toda la literatura “genérica”, la policiaca es la que más hondo cala en eso que llamamos el mainstream, es decir, en la literatura-literatura o la alta literatura, la que los prejuicios del gremio aplauden porque es una apuesta naturalmente no comercial, sino rigurosamente artística, creativa, ajena a los condicionantes del mercado. Esta buena fortuna de lo detectivesco tiene que ver con la capacidad de unos cuantos narradores de la élite para abrazar el género, jugar con él, insertarlo en obras de clasificación no tan evidente. Pienso en Piglia y Borges, por supuesto en Boris Vian, en los escarceos de Julian Barnes. Y tiene que ver también con el hecho de que unos cuantos autores orgullosamente policiacos pegaron un salto cualitativo y, para desconcierto del Olimpo creativo, pusieron en las estanterías obras que son gran literatura: James Ellroy con Mis rincones oscuros.

En México están El miedo a los animales de Serna y desde luego Asesinato de Leñero, non-fiction de muy alto calibre, como aterrizajes en lo mainstream del género por el que tanto hacen autores negros-negros como Paco Ignacio Taibo II o Bef. Pienso en estos asuntos, sin embargo, porque Rafael Pérez Gay, colaborador de MILENIO al tiempo que editor de Cal y Arena, me avisa que viene en camino un libro nuevo del más negro de los negros, que es negro y brasileño: Rubem Fonseca, otro que abraza el género y hace, al margen de etiquetas, literatura de la muy buena.

Es notable lo de Fonseca, activo a los 89. Fue policía y abogado en Río. Empezó, pues, tarde, pero tiene una obra muy extensa, unos treinta títulos, que incluye cuentos, como el terrible, compacto, brillante “Ciudad de Dios”; piezas mestizas, entre el artículo, la crónica y el ensayo, como mi favorita, esa que le dedica a las palomitas de maíz; y sobre todo once novelas, en buena proporción centradas en la figura de su detective que no es un detective sino un abogado que investiga, Mandrake.

Fonseca narra con laconismo, lejos de la estridencia virtuosa de Ellroy, cerca de Hamett, y tiene siempre un pie en lo sensual; en el vino y el sexo, fundamentalmente. En términos de imaginar y describir la violencia, sin embargo, llega más lejos que nadie. Lean El gran arte, lean Agosto. La deja caer inopinadamente, como un machetazo callado, en los límites con lo insoportable: violaciones con cuchillos, torturas a niños, lo que ustedes quieran. Sobre todo, es la suya una literatura impregnada de soledad, bloqueos emocionales, comunicaciones imposibles. Literatura profunda, melancólica, casi de autor austriaco. ¿Características del mainstream? Sí. Pero también del negro de toda la vida. Incluido el brasileño.