Malos modos

Ayaan Hirsi Ali y el reaccionario interior

Crecimos en la certeza de que el conservadurismo es una prerrogativa de la derecha. Luego apareció el subcomandante y entendimos que se puede ser reaccionario y de izquierdas. Literalmente reaccionario: no otra cosa es el que clama por la vuelta al pasado como solución para el presente, es decir, el que quiere poner a la historia en rewind en busca de una Edad de Oro indígena que, ahí les va la primicia, no existió.

El progresismo reaccionario —vaya paradoja— no es un invento neozapatista. Está ya en Marx, con sus teorías sobre el comunismo primitivo, que —segunda primicia— tampoco existió, y llega con buena salud a la Holanda del XXI, que apuñaló a Ayaan Hirsi Ali por su pecado de cuestionar al Islam. Pienso en ella mientras veo la avanzada del Estado Islámico. Qué mujer. Nació en Somalia el 69. Su padre era un opositor al régimen comunista de Siad Barre; su madre, una fundamentalista religiosa. Vivió el exilio en Arabia Saudita, Etiopía y Kenia. Sufrió la ablación a manos de su abuela. Fue educada por las Jóvenes Musulmanas y se abandonó al integrismo hasta que algo en su espíritu excepcional la hizo huir de un matrimonio arreglado y exiliarse en Holanda. Tenía 22 años. Logró estudiar Ciencias Políticas, entrar al parlamento con los socialdemócratas y acercarse al Partido Liberal. Cuando se enteró de los atentados del 11 de septiembre, decidió alzar la voz. No, claro que no todos los musulmanes pertenecen a Al-Qaeda, dijo, pero lo que late en Al- Qaeda no es una rareza: es la esencia violenta y machista del Islam. Pagó el precio de sincerarse. Holanda trató de retirarle el pasaporte, recibió amenazas. Cuando colaboró en Submission, el polémico filme de Theo Van Gogh sobre las mujeres musulmanas, tuvo que exiliarse en Estados Unidos: en el cuerpo asesinado del cineasta había amenazas contra ella. Se volcó entonces al ateísmo y la escritura. Su vida y sus ideas están en varios libros, destacadamente en Infiel.

Gran libro. Ayaan Hirsi va a las raíces. Su escritura contundente, clara, irónica, defiende a la Ilustración como antídoto de la intolerancia, abraza lo que considera valores patentados por Occidente —de respeto, de libertad—, porque lo son, y cuestiona el valor mismo de las tradiciones, para empezar las religiosas. Por eso le cayeron a patadas tantos progresistas europeos, irónicamente dedicados a prolongar un statu quo cruel, medieval, igual que defienden los usos y costumbres indígenas. No se lo van a perdonar, porque les aplicó la receta que se aplicó ella: puso los reflectores sobre sus pequeños reaccionarios interiores. Y, déjenme ofrecerles la última primicia, a nadie le gusta conocerse. Es que nuestros interiores, tristemente, no son como el suyo.