Malos modos

Antisemitas

¿Recuerdan? “Judío, te vamos a matar”. “Raza maldita”… Se lamentó ampliamente el brote de antisemitismo del que fue víctima Ezra Shabot por sus declaraciones sobre el despido de Carmen Aristegui, su compañera de estación, y muy bien que así haya sido. Han escaseado, en cambio, reflexiones más profundas sobre el origen de esas aberraciones, un fenómeno cultural, en el sentido amplio del término, que muchos imaginaban ajeno a México, y particularmente a los sectores de izquierda que más que admirar o respetar, veneran a la periodista. ¿Cómo una causa tan pura, tan elevada, desata expresiones tan repulsivas?

Tal vez en esa palabra, causa, se esconda la respuesta. Como sabe AMLO, hay aquí, igual que en casi todas partes, una población de izquierdas anclada en una lectura milenarista de la realidad, lectura de blanco y negro, de pueblo bueno vs cúpulas malignas, trincheril, de guerra santa, que busca como yonqui una dosis a figuras providenciales, caudillos, que la lleven de la mano. Lamento volver al tema del complotismo, al que dediqué un libro, Conspiraciones, pero es que, como a Corleone, they pull me back in. Las cosmovisiones antisemitas despegan de teorías del complot: la idea de que hay un cónclave en las sombras al que debemos responsabilizar de todos los males que nos aquejan. Y los culpables favoritos, al menos desde el XIX, son los judíos. Ya saben: “Esos cabrones siempre ocultan algo”. Lo del compló, en fin, es viejo. Y, claro, elige las crisis para enseñar las garras.

¿Es una novedad histórica, lo del antisemitismo de izquierdas? En absoluto. De los conservadores católicos de la Francia posrevolucionaria al último zarismo, el nazismo y el islamismo, el mito de la conspiración judía mundial, como lo llamó Norman Cohn, es fundamentalmente responsabilidad de la derecha dura. Pero no fueron ajenos a ese pecado ni el propio Marx, ni Stalin, que murió cuando estaba a punto de desatar otro genocidio para anestesiar sus pulsiones paranoicas, ni algunos de los movimientos que hace pocos años llamábamos “globalifóbicos”, aplaudidos por algunas figuras señeras del negacionismo, ése que habla de Holocausto justamente como de un mito.

Ni la mayor parte de nuestras izquierdas es capaz de insultar a Shabot como los cobardes que pintaron una cruz gamada en su casa, ni por supuesto Carmen Aristegui es una promotora de semejantes indignidades, lejos de ello. Pero sí: se echó de menos en todos ellos una reacción pronta y firme de rechazo. Las épocas de crisis nos ponen a prueba. Exigen patadas al pesebre.