Malos modos

"Adiós a los padres"

Un padre frío y ausente que solo reaparece, derrotado y solo, al final de sus días; una madre cercana, cariñosa y brillante; unos hermanos queridos, entrañables, indispensables… Héctor Aguilar Camín, un narrador que conoce más que bien su oficio, lo que significa: sus riesgos, tiene que haber apretado los dientes y hecho un esfuerzo de voluntad para decidirse a escribir la historia de su familia, esa que llena las páginas de Adiós a los padres, una memoria o tal vez una novela autobiográfica publicada hace pocas semanas por Random House. Y es que esa historia era, de entrada, demasiado literaria, por decirlo así: la hemos leído, con variantes, más de una vez, incluso demasiadas, desde Kafka por ejemplo. El riesgo de naufragar en el cliché era grande. Pero Aguilar Camín lo libró de lleno y con gracia, lo que no debe sorprendernos: pocos narradores de este México literariamente hiperficcionalizado dominan como él las convenciones de la no ficción, una forma de la literatura sustentada en un pacto de confianza que yo, autor, puedo lograr que firmes tú, lector, siempre que no me tarde en convencerte de que estoy dispuesto a desnudarme por escrito, a matar al ego, a llegar a contar mi historia sin pudores, con dolor. Siempre y cuando, pues, sea verosímil, que es uno de los atributos literarios más difíciles de encontrar, y si no échense un clavado, finos amigos, a casi cualquier ejercicio autobiográfico publicado en esta tierra de escritores pudibundos y narcisistas.

Algo pasa en la literatura de los últimos 15 o 20 años que es rica en ejercicios más o menos emparentados con Adiósa los padres, todos notables. Ahí están James Ellroy con Mis rincones oscuros, Héctor Abad Faciolince con El olvidoque seremos o Rafael Pérez Gay —he hablado de él en estas páginas— con esa trilogía familiar que forman Nosacompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escritores envidiables, todos, por la conciencia que exhiben de sus virtudes: la recalcitrancia de Ellroy, que hace una historia más de perdón que de amor, la dulzura de Abad, la ironía afectuosa de Pérez Gay.

Y la elegante sobriedad de Aguilar Camín, que sabe poner cierta distancia con la intensidad de su historia no solo gracias a esa escritura gozosa que le conocemos bien, sino también a una sensata tendencia a la digresión, tal vez propia del historiador que también es y que hábil, seductoramente, nos habla de Guatemala, del Chetumal arrasado por la naturaleza, del DF de su infancia. Funciona. Hizo un libro de alto octanaje, de lo mejor de nuestro año editorial y, en efecto —lo dijo él, lo dijo el propio Pérez Gay durante la presentación—, una escala inmejorable de su obra.