Malos modos

Reencuentro con la sabiduría verdadera

Acabo de reencontrarme con la sabiduría verdadera. ¿A qué a me refiero? A entender que "No hay problema tan grave al que no puedas añadirle un poco de culpa para empeorarlo". A saber que un campamento es "Una semana entera sin un solo periódico ni una taza de café decente". A haber aprendido que "No me basta la felicidad, necesito la euforia". A proponer algo como "Vamos a imaginar que yo me siento muy mal al respecto, y que no hace falta que me lo restriegues más". A decir con una sonrisa que "Vivir sin aprender es nuestro lema". O, desde luego, a clamar contra una de las grandes condenas de la masculinidad: "Si no haces deporte, no puedes hacer anuncios de cerveza".

¿Qué cómo me reencontré con la sabiduría? Gracias a un volumen de la editorial Océano, Calvin y Hobbes. Diez años, que no dudo en calificar como una de mis lecturas más gozosas de 2016. Una lectura para iniciados que abandonaron el buen camino, como yo, pero también para salvajes sin fe que no han leído una de las tiras cómicas más sofisticadas, dulces y ácidas del siglo XX; una joya de melancolía ontológica profunda pero amable y un homenaje a la soledad de los raros —todo a la vez, sí. Es una antología: el título se refiere a la duración de las historias protagonizadas por un niño de seis años, Calvin, y por su único amigo, Hobbes, un tigre de peluche que sin embargo está muy vivo en su imaginación, y que aparecieron del 85 al 95 en unos 2 mil 400 periódicos gracias a la capacidad de trabajo de Bill Watterson, un dibujante al que, con todas mis simpatías por el capitalismo salvaje, no dudo en calificar también como sabio.

Y es que Watterson, que habrá hecho bastante dinero con sus personajes, supo llevar una carrera productiva sin traicionarse. No se traicionó porque se negó a convertir su obra en una colección de productos: no aceptó muñecos, ni loncheras, ni camisetas, ni cosa parecida. Se negó también a convertirse en un personaje: esquivó a los medios todo lo que pudo. Finalmente, tampoco se instaló en la zona de confort: se retiró cuando entendió que no le quedaban cosas interesantes por decir o simplemente cuando se cansó y, a diferencia de los boxeadores y los cantantes, no cedió a la tentación de un regreso fallido.

Fue, pues, congruente. Y eso que fue él quien puso en boca de Calvin aquello de "No necesito comprometer mis principios, porque de todos modos no tienen la menor injerencia en lo que me sucede".

Digo, para hablar de melancolía...