Semáforo

Los millenials acertaron

Muchas quejas contra los millenials. De muchos tipos. A los mayores nos enojan sus concepciones de trabajo, compromiso y participación. Como la queja es ubicua, quizá esconda alguna virtud que no sabemos observar y ellos no saben describir. Muchos suponen que esto viene de una educación suave y carente de autoridad. Nunca conocieron ni las reglas ni las obligaciones. La generalización suena boba. Estos jóvenes viven frente a un cambio mucho más profundo: la revolución tecnológica implica un cambio de mentalidad. Los millenials no hallan razones válidas para seguir con una cultura que desembocó en un mundo indeseado y ellos ya no confunden trabajo con empleo, como lo hicieron las generaciones anteriores.

Por ejemplo, Luis Echeverría le dijo a Julio Scherer que “gobernar es crear empleos”, según la gran imaginería de un mundo industrial, clavado en la idea de que el crecimiento es la vida misma. Durante la década de 1970, los economistas y politólogos serios y ocupados de lo que debe un economista ocuparse —el crecimiento, el desarrollo, arriba y adelante, más alto, más grande, viva F.W. Taylor, fortalezcamos al Estado— miraban a los críticos de este esquema con displicencia, como locos con ideas brillantes pero ridículas. Se marginó el pensamiento crítico del modelo jerárquico. Era crecer o morir. Podían admirar la democracia ateniense del siglo V a.C., pero hicieron caso omiso de lo que la hizo posible: Atenas se propuso expresamente no crecer, no volverse hegemónica, no permitirse un Estado fuerte y mandón. Eligieron la proporción en lugar de la dimensión. Nunca tuvieron riquezas comparables a las de Jerjes ni a las de Roma, pero siempre serán el ejemplo de sociedad admirable.

Por aquellos años setenta (mientras Octavio Paz recuperaba el pensamiento de Fourier y lo hallaba desafiante y tentador, incluso por su sentido de práctica vital, aunque Paz siempre fue un visionario de símbolos y sus evoluciones cósmicas) Gabriel Zaid escribía una obra crítica (reunida en su mayoría en El progreso improductivo) de una claridad práctica que no tiene par en la historia del pensamiento en lengua española. Lejos de quedar fechada, como todas aquellas disquisiciones de los economistas en vías de obesidad, resulta hoy tan pertinente como en su primera publicación. Se hizo muy famoso el libro de F.W. Schumacher, Small is beautiful. Muchos ensayos de Zaid no solo son anteriores sino que están mejor escritos y son aún más claros. Quiero recordar, porque urge, tres recursos que aporta El progreso improductivo. Uno, su distingo entre trabajo y empleo: el empleo es un subconjunto del trabajo; es menos productivo, más caro y reproduce y valida actitudes sociales, políticas y económicas que generan desigualdad y desvalimiento. La segunda: esa absurdísima idea de que el Estado es el agente de bienestar y mejora social. Clarísimo: “aumentar los impuestos aumenta la desigualdad”. La tercera idea, fresca de nuevo: si comparamos la productividad, por unidad de capital, entre la pequeña empresa y la grande, las pequeñas producen muchísimo más; son más versátiles, resistentes a las crisis y, al mismo tiempo, generan aumento en los ingresos y en la igualdad. Las soluciones elefantiásicas empobrecen. La década de oro del mundo industrial y los Estados Nación deja como legado vivo a sus pensadores marginales. Su apuesta central fue perdedora. Y los millenials atinaron, aunque sea más por desidia que por intuición. ¿Por qué habrían de comprometerse con un mundo que los va a dejar más pobres y humillados?