Semáforo

Los estragos del lujo

Los economistas hablan de “el efecto Diderot”, y describen dos características. Una, que los bienes que una persona adquiere buscan organizar una intuición de identidad; dos, que un bien nuevo, que no empata con el ajuar anterior, dispara una espiral de consumo. La primera característica señala que uno compra cosas que hagan juego con las que ya tiene, pero queda exhibida con las añagazas de los vendedores: no ofrecen una cama sino una recámara completa; no es una hamburguesa sino un “combo” con un millón de calorías; un nuevo juguete implica aditamentos insospechados... Saben perfectamente que la gente, aunque quiera un objeto preciso, tiende a comprar los que le rodean; y esa es la segunda característica: para mi nueva computadora, nuevos audífonos, otros cables, mesa nueva...

El origen es un ensayito de Denis Diderot: “Lamento por mi bata vieja” (1772). Resulta que Diderot había ayudado a Madame Geoffrin, una señora rica y, en agradecimiento, ella le regaló una elegantísima bata roja. Diderot era el más modesto de los enciclopedistas famosos. Rousseau se la pasó haciendo elogios de la austeridad espartana, pero él mismo era poco afecto a los rigores de la escasez: era un desplante, como casi todo lo suyo; Voltaire, ni se diga: no sólo se volvió muy rico sino que lo presumía (véase la entrada de “Job” en su Diccionario Filosófico: “Yo soy mucho mas rico que tú, mi querido Job...”).

Probablemente el regalo vino porque la señora rica sintió lástima de ver al muy modesto Diderot trabajar con su bata azul y vieja; ese viejo andrajo servía para todo: “si la tinta espesada se rehusaba a fluir de mi pluma, ella ofrecía el flanco. Allí se veían trazados en largas rayas negras los frecuentes servicios que me había prestado. Esas rayas anunciaban al literato, al escritor, al hombre que trabaja. Ahora tengo aire de rico holgazán; no se sabe lo que soy”.

Para armonizar con su bata, Diderot cambió su silla de mimbre por una de talabartería, mucho más cara; y sus figurillas de yeso, y sus cuadros, y los adornos, y... se endeudó. “Yo era el amo absoluto de mi bata vieja; me he convertido en el esclavo de la nueva... Y así fue cómo el reducto edificante del filósofo se transformó en el gabinete escandaloso del publicano. Yo también insulto a la miseria nacional”.

El mercado de las fruslerías, las compras que impelen a compras nuevas, dijo Bernard de Mandeville, son el origen del crecimiento económico y del progreso. Pero los ingleses no se andaban con los conflictos morales de los franceses cuya moral fue conformada por el catolicismo. Para los ilustrados franceses, el dilema era muy claro: virtud, o riqueza. Desde luego, afirmaban preferir la virtud, y establecieron un dilema que hemos creído eterno, pero que es así de reciente: la relación entre virtud y pobreza es natural, así como los vínculos entre riqueza, consumismo y decadencia. Se es de izquierda y virtuoso, o se es de derecha y vicioso. No es un dilema que hayamos heredado del cristianismo. Empata, pero no es una herencia lineal. La coincidencia es ideológica, pero no es filogenética, digamos.