Semáforo

La post-verdad

La lengua inglesa carece de academia. Cada diccionario es autoridad, según su prestigio y el cuidado y calidad con que está hecho. Hay muchos y muy buenos. Dos son notablemente influyentes: el Merriam-Webster y el de Oxford. Y ambos celebran cada año alguna palabra que haya resultado notable por su uso y su importancia. Para el Oxford, la palabra de 2016 fue post-truth. Es raro que se elija un compuesto, con guión y todo, pero los acontecimientos justifican la elección. ¿Qué significa post-truth? El prefijo post, funciona de modo muy semejante al del español; truth es verdad. Post-verdad. Pero no en un sentido temporal, ni espacial sino como algo ulterior (así como la post-modernidad era aquello que surgía con la quiebra de lo moderno); es decir: una “verdad” que emerge cuando se esfuma la verdad, a secas. El Oxford lo pone así: “post-verdad: Que denota o se relaciona con circunstancias en las cuales los hechos objetivos resultan menos influyentes en la conformación de la opinión pública que aquello que apela a las emociones y la creencia personal”.

La noción existe desde hace tiempo. Mucho. Y los Oxford Dictionaries lo atribuyen a Steve Tesich (un dramaturgo serbio-americano), quien utilizó el amargo vocablo en un ensayo de 1992, pero entonces era un recurso expresivo sin consecuencias mundiales. También reconocen que Stephen Colbert inventó “truthiness” (que él mismo definió como “algo que se siente verdadero, aunque no se sostenga en los hechos”, o como “la cualidad de preferir conceptos o hechos que uno quisiera verdaderos, antes que los hechos que uno sabe que son verdaderos”. Por ejemplo, en YouTube: “The Word: Trumpiness”). Truthiness fue la palabra del año 2006, según el Merriam-Webster.

No es cosa nueva.  Al final del Retrato de Mr. W.H., Oscar Wilde escribió que:el martirio me parecía una mera forma del escepticismo, un intento de llevar a cabo, por el fuego, lo que no podía realizarse por la fe. Nadie muere por algo que sabe que es verdad. Los hombres mueren por lo que quieren que sea verdadero, pero que algún terror en el corazón les dice que no lo es”. No tiene nada de raro que alguien prefiera no ser a vivir sin ciertas verdades. Muchos creyentes, por ejemplo, preferirían que no hubiera nada a vivir en un Universo sin Dios. Y tampoco tiene nada de raro que alguien prefiera matar que morir; es más: para que exista un mártir es necesario alguien o algo que lo martirice; alguien que prenda el fuego. A lo largo de la historia son mucho más numerosos los que prefieren matar a quien niegue esa intuición deseada, que llaman “verdad” por miedo, por odio, por una orden de las tripas. Fue incluso ley: en todos las naciones occidentales, en algún largo tramo de la historia, los ateos o los adoradores de otros dioses han sido leña para quienes ejercen su fe por el fuego. Esto incluye no sólo cristianos: la acusación bifronte contra Sócrates incluía la impiedad o la introducción de dioses ajenos. La sospecha de que lo más importante pudiera no ser verdad es uno de los grandes asesinos de la historia. El cuento o ensayo de Wilde es de 1889. La historia ha dado vueltas. La insensatez del mártir y del asesino se nos volvió pandémica y los verdugos cunden porque así votaron.