Semáforo

Que coman pasteles

Traigo entre sienes una recurrencia: la “Guerra de las harinas” de 1775 en la Francia de Luis XVI. Y dos intuiciones. Una, la idea de que, en ciertos momentos históricos, el poderoso no puede; dos, que el miedo y la rabia trasladan la racionalidad pública del progreso al rencor, y la sensatez queda desterrada. Me explico: Luis XVI intentó formalizar el “laissez-faire” según los modos de un incipiente liberalismo. No es igual “dejar hacer y pasar”, que establecer reglas de competencia abierta. La primera fue aprovechada por quienes ya eran ricos y poderosos para hacerse aún más pudientes. Pero el abuso derivó en monopolios y en una grave incompetencia en el comercio internacional.

El rey de Francia contaba con la inteligencia de uno de los más interesantes personajes del Siglo de las Luces: el brillante Turgot, quien servía como ministro de comercio. La economía francesa se rezagaba en el ámbito internacional por su falta de competencia y por la inamovilidad de las clases sociales. Vitalizar la economía exigía la liberación de los precios del grano (la principal fuente de energía era agrícola y todo el trabajo era llevado a cabo por fuerza muscular: bueyes, caballos, trabajo físico). En 1774, Luis XVI quiso terminar con un ciclo vicioso de acaparamiento, subsidios y encarecimiento: quitó las regulaciones al mercado de granos. Fue sugerencia de Turgot: en sus cálculos objetivos, científicos, inteligentes, la regulación encarecía los precios e imponía una exacción a los más pobres. La lógica era correcta, pero el modo de llevarla a cabo fue torpe y deshonesto. En vez de bajar, los precios se dispararon. Deslealtad, acumulación, corrupción. Total: en la primavera de 1775, se agotaron las reservas de cereales y todavía no llegaban las nuevas cosechas. Con la carestía se instaló el hambre. “Que coman pasteles”, se supone que dijo María Antonieta. La gente se sublevó y el rey recurrió a dos medidas: represión y subsidios. Jamás recuperó el respeto. Intentó reformas a su propio gobierno; buscó un acuerdo político, luego otro y otro; quiso asir las riendas con amenazas, seducción, transas e intransigencias. Nada funcionó. El enojo se había salido de madre y no funcionaba ya la política: el poderoso no podía nada —excepto hacer daño. En 1789 estalla la Revolución.

No importa que la gente alcanzara con el tiempo mejores condiciones: las mejorías económicas no implicaron mejorías ni en el ánimo, ni en la opinión. De hecho, las nuevas oportunidades suelen disparar la queja y el enojo. Se perciben como derechos y se transforman en exigencias. Cada paso del progreso racional se transforma en nuevo rencor.

No digo que esto sea lo que enfrentamos con los cambios en el comercio gasolinero. Digo solamente que aquella Guerra de las harinas —la desregulación, la corrupción de los funcionarios y una deuda nacional mayor al 50 por ciento del PIB— se parece alarmantemente a algunas circunstancias nuestras y actuales: una medida racional en los cálculos, llevada a cabo por alguien que carece de credibilidad, puede resultar atroz. Cada intento del gobierno actual en México por recuperar la imagen de un presidente menesteroso de popularidad resulta peor que el silencio. La ciudadanía abreva en un enojo justificado y en un desprecio moral e intelectual que parece no tener salida sensata.