Semáforo

El habla de los políticos

Uno de los datos antropológicos más comunes es el de nombrar despectivamente a la otra tribu por su lengua o por su pronunciación: “Los indios nahua daban a los miembros de las tribus vecinas los nombres de ‘popolaca’ (tartamudos) y ‘mazahua’ (los que braman como ciervos). Para un ruso, todo alemán es un ‘nemec’, palabra derivada de ‘nemoi’ (mudo). Se trata, por tanto, de un individuo incapaz de hablar. La palabra ‘bárbaros’, con la que los griegos designaban a quienes no eran griegos, tuvo como primer significado ‘balbuceante, tartamudo’, y a menudo podía implicar también ‘inculto, rudo, cruel, violento, salvaje, cobarde, codicioso, desleal’. Los hotentotes, término que en lengua afrikaans viene a significar tartamudos, se denominan a sí mismos k’oi-n (los seres humanos)”. (Hans Magnus Enzensberger, La gran migración, Anagrama).

Ningún signo externo muestra con tal certeza el origen social de una persona como su habla


Lo mismo, en la genial escena al principio del Pigmalión de Shaw, el fonólogo Doolittle se divierte diciendo a la gente de qué barrio e incluso de qué calle de la ciudad proviene, únicamente por la forma en que habla. Las mujeres ricas y acomodadas, madre e hija, se divierten y entretienen con los certeros hallazgos del lingüista, pero la muchachita cockney (otro grupo nombrado por su habla), que es pobre y vende flores, se siente terriblemente agredida, puesta en exhibición, desnudada y, por tanto, vulnerable frente a aquel tipo, evidentemente culto y rico.

Ni las características raciales, ni siquiera ya la indumentaria y casi ningún signo externo es capaz de determinar con tanta certeza el origen social de una persona como su modo de hablar. Desde luego, los caracteres visibles, los ademanes, la expresión corporal son fundamentales para establecer eso que se ha llamado clases sociales, pero incluso podríamos prescindir de estos datos, toda vez que con facilidad se puede establecer el mismo prejuicio social a partir, por ejemplo, de una mera conversación telefónica; o la verificación inversa en, por ejemplo, un grupo de jóvenes universitarios donde se encuentran altos, chaparros, gordos y flacos, morenos y güeros, unos ricos y otros erizos, pero hablan de semejante manera, se increpan con las mismas bromas, entienden sus apuntes, comparten bromas privadas. La identificación grupal reside en el habla. Lo malo es que aquí se separan el lingüista y el analista político, cada uno a su campo sobado y empobrecido.

Sería interesante desarrollar un análisis acerca del miedo de los políticos mexicanos ante el lenguaje coloquial cuando están obligados a hablar en representación de un grupo amplio o a nombre de “la sociedad”. Terror fundado, en tanto que la localización de las “hablas” (el acento, los giros, etc.) tiene evidentes ligaduras con grupos bien localizables. El coloquialismo tiene sus costos, pero el terror a las formas cotidianas del habla y la exigencia oficialoide y “neutra” de la escritura y expresión políticas necesariamente arrojan un lenguaje y un estilo de bisutería y de limitadísimas capacidades expresivas. En suma, una lengua muerta, con todo y telarañas. Una expresión sin pulpa, una máscara sin gente atrás: una derrota que el poder no tiene consciente.