Semáforo

¡Chole con Tucídides!

Mary Beard se queja: “estoy harta del discurso fúnebre de Pericles” cuando se elogia la democracia. La entiendo, pero me viene a la cabeza un par de versos de T.S. Eliot: “Dices que repito algo que ya dije antes. Lo intentaré de nuevo...”. Porque “resulta difícil hablar con exactitud en momentos en los que difícilmente está segura incluso la apreciación de la verdad”, como dijo Tucídides (aunque se canse Mary Beard), en su famosa reproducción del discurso de Pericles (Historia de la guerra del Peloponeso, II, 35-42).

El destino de las relaciones entre México y Estados Unidos será negociado, a puertas cerradas, entre dos gobiernos que carecen del respeto moral o intelectual de sus ciudadanos. Entiendo que existan los secretos, pero que convengan no quiere decir que estén bien. El secreto de Estado no debiera existir en una democracia. Y eso está claro desde el discurso de Pericles: los atenienses sobresalen respecto de sus enemigos porque “mantenemos nuestra ciudad abierta y nunca impedimos a nadie que pregunte o contemple algo, porque no confiamos más en los preparativos y estratagemas que en nuestro propio buen ánimo a la hora de actuar”.

La democracia ateniense tenía dos elementos fundamentales: la isegoría (igualdad de todo ciudadano para tomar la palabra respecto de las cosas públicas) y la isonomía (igualdad de derechos). Queda claro que los derechos ciudadanos son anteriores y que el Estado es resultado de sus acuerdos. Es un contrato, no una entidad que conceda derechos a sus súbditos. Por su naturaleza, les resultaba inaceptable que el Estado pudiera guardar secretos.

En los momentos actuales, nada parece más importante que hacer valer la condición de ciudadanos. No se trata de responder desde una situación específica sino por un ciudadanía moderna (la ateniense estaba acotada, y ese fue el defecto que la hundió), que no distingue razas, fronteras, condiciones sociales o económicas. Cuando marchan las mujeres, cuando la gente atesta los aeropuertos, no están peleando a favor del Islam, de las mujeres, de los negros, los mexicanos, los homosexuales... pelean por defender la isegoría y la isonomía originales. La ciudadanía es, por necesidad, cosmopolita. Acentuar el nacionalismo nos deja sin acceso a la ciudadanía estadunidense que tampoco quiere soportar los abusos beligerantes de un gobierno de narcisistas criminales. No hallo en mí, ni quiero, derechos, prerrogativas o circunstancias que no quiera para un venezolano o un noruego o, desde luego, un gringo.

No contamos —quizá por suerte— con un gobierno mexicano que genere confianza. Pero tanto nosotros como los gringos, como los latinoamericanos y los europeos, estamos hasta el copete de las clases políticas, sin darnos cuenta de que la intervención ciudadana no sólo es viable en términos reales sino obligatoria en sentido moral: “Consideramos al que no participa de estas cosas, no ya un pasivo, sino un inútil” (Ídem).

Que dialoguen Peña y Trump en lo oscurito. Tendrán que informar. Pero lo más urgente es tender todos los puentes, lazos, vínculos y diálogos (discrepancias y concordancias, ideas y memes, marchas, foros, medios) con la ciudadanía estadunidense, en primer lugar, y con todas. Como además ambas sociedades, la mexicana y la estadunidense, coinciden en mirar a sus respectivos gobiernos como calamidades que no debieran ser sufridas por personas libres y honestas, sería trágico que cediéramos una semejanza profunda por una indigna circunstancia nacionalista. Es indispensable entender esta característica de la ciudadanía: no podemos reclamar los derechos humanos de modo excluyente. Si no son de todos, no existen.