Semáforo

Los cobardes en la red

En el siglo XIX muchos suponían que el Estado era garante de justicia y hasta de valores. De un tiempo atrás, muchos quisimos creer que las sociedades civiles libres son capaces de autorregularse y hallar equilibrios aceptables y justos. Pero ahora, hasta eso viene quedando en duda: las formas del vicio y la crueldad que las redes pueden ofrecer para las peores cobardías ponen en duda muchas cosas. Sigo creyendo que una sociedad civil libre, regulada en lo indispensable y nada más, tiende a la justicia y suele restablecer valores aceptables para la convivencia. Los pensadores marxistas del siglo pasado habrían visto esto como una ingenuidad cómplice de los abusos y las explotaciones. Y todo el siglo fue una pugna entre los ingenuos liberales y los suspicaces de los otros credos: comunistas, fascistas y demás yerbas que heredaban una idea medievalota: que la naturaleza humana se inclina al mal y se requiere la intervención y gobierno de las almas para enderezar el camino. Los liberales apostaban a favor de la condición común de las personas, desde la peregrina suposición de que, en condiciones normales, las personas tienen una natural inclinación al bien; que los errores y las corrupciones nunca dejarán de existir, pero que, en el flujo de la historia, la voluntad de bien y de progreso termina mostrándose por encima de lo demás.

Esa confianza elemental ha coexistido siempre con la desconfianza de quienes ven en el gobierno una forma de corrección de la maldad natural. Pero la primera escritura de esa apuesta liberal es la de John Milton. Sigo creyendo que el alegato de Milton acerca de la libertad de expresión e imprenta, tal como está en la Areopagítica, es el mejor diagnóstico de la naturaleza humana, y que toda forma de censura parte de un error imperdonable: castigar el pecado antes de que sea cometido.

Desde luego, esto sirve y vale para una sociedad en que los partícipes tienen puesta la cara cuando ejercen su libre expresión. Las redes, en cambio, ofrecen un velo que oculta a la persona detrás de sus demonios interiores. Pululan las amenazas, bilis podridas, zaherimientos de una cobardía insólita. Y esto multiplica su potencia cuando, del otro lado, halla la recepción idiota de gente que no se pone a pensar y opina desde las tripas.

El liberalismo tiene pocas respuestas al mal moral porque no sabe inmiscuirse en preceptivas sin caer en contradicciones. Las ideologías gobiernistas, o de control y corrección, en cambio, suelen partir de determinaciones morales y de juicios elaborados antes de los actos. Las libertades, dice Milton, son invisibles cuando el comportamiento de la persona es normal, correcto; pero se llenan de aguijones y pinchos ante la maldad y el vicio. Y no sabemos cómo restringir los espumarajos y agresiones de las redes sin que restrinjamos la libertad. Considero vergonzoso un sitio que se permita evitar, o censurar, el uso de cualquier palabra. Al diablo no lo arregla un vocabulario bonito, ni se le convence de ser decente prohibiéndole léxicos o conminándolo a ser considerado. Un alma podrida no se purifica tapándole la boca. La cobardía no es un acto libre. Y la libertad no es el problema.