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Humanismo cursi

La modernidad, junto con muchos progresos, también excreta una cursilería bondadosa que pringa los resortes de la moral. Algo equivocado chorrea desde las virtudes en estado intelectual, va invadiendo actitudes y pensamientos y termina por olvidar su origen cáustico y crítico. Los ejemplos abundan. El más dañino es aquel que confunde las buenas intenciones con los recursos legislativos: que las leyes hagan buenas a las personas, o que “lo bueno” se yerga en ley. Ingenuidad fatal. Y peor cuando la cursilería es untada por el Estado.

Pero no voy a hablar de la Constitución de la Ciudad de México, que se está cometiendo en estos meses, sino de un principio anterior, que anima a estas ideologías de la bondad, a pesar de haber perdido sus bártulos: eso que ahora llaman “humanismo”, y que no es más que una filosofía antigua y brava, deslavada hasta dejar un bagazo incoloro.

Mi enojo tiene que ver con la invasión del territorio y el despojo del pensamiento. Busco “humanismo” en Google, para un curso de política y moral en el Renacimiento y aparecen millones de resultados de una insoportable cursilería, necia con que “humanismo” es todo lo angelical que uno quiera suponer en todos los seres humanos. Me meto en la Wikipedia, esperando ver a Petrarca, Valla, Erasmo, y me topo con un monigotito, un “emoticón” llamado “Happy Human” (El humano feliz), y con los estatutos de la Unión Internacional Humanista y Ética (IHEU): “El humanismo es una filosofía de la vida democrática y ética, que afirma que los seres humanos tienen el derecho y la responsabilidad de dar sentido y forma a sus propias vidas. Es sinónimo de la construcción de una sociedad más humana a través de una ética basada en valores humanos y otros valores naturales en el espíritu de la razón y la libre investigación a través de las capacidades humanas. No es teísta y no acepta opiniones sobrenaturales de la realidad”.

Es cursi, solemne y bobo: una declaración de principios tiene sentido cuando su negación también lo tiene. De lo contrario, no pasa de ser una obviedad que puede igual declarar cualquier escuela secundaria, cualquier partido político, o el club de playa Coralina.

Si digo humanistas, digo Erasmo y Moro y Rabelais, no contemporáneos solemnes, o lacrimosos, que sacan lustres a la idea de dignidad pero rechazan la risa, la sátira, las laceraciones terapéuticas y, sobre todo, se asustan ante la putrefacción y hallan repugnante todo lo orgánico y su corrupto burbujeo.

Los humanistas, los auténticos, no tenían miedo de pensar y confrontar la verdad y permitirse la risa, la sátira. El Elogio de la locura hace las dos cosas, la risa y la confrontación de la banalidad humana; igual que la Utopía (que hoy leemos como obra severa, como si hubiera sido escrita en el mismo registro que La ciudad de Dios, de Agustín de Hipona). Rabelais no solo es el más violento entre los satiristas de la naturaleza humana: era, además, monje. Montaigne se atrevió a ver el canibalismo como acto menos atroz que el de comulgar. En fin: que la bondad se ha vuelto ubicua y cubre la historia con melcocha. La nueva Inquisición tiene el rostro de Mary Poppins.