Semáforo

El ciudadano incalculable

Montesquieu dice con toda claridad que “no es menester mucha probidad para que un Gobierno monárquico o un Gobierno despótico se mantengan o se sostengan. En uno, la fuerza de las leyes, y en otro, el brazo del príncipe siempre levantado, bastan para regular y ordenar todo. Pero en un estado popular es necesario un resorte más: la virtud”.

Pero la virtud no es una pose. Y menos de quienes han compartido antes las tenebras. Es una actividad que implica la disposición intelectual que supone un nexo de sentido entre los dichos y los hechos. En su fórmula kantiana: “obra de tal modo que la máxima de tus actos pueda erguirse en norma universal”. La confianza de Kant y de su época es de una transparencia que espanta: no duda de la posibilidad de describir un acto humano. Poco después se vuelve imposible: el alma de los románticos es oscura, confusa, recóndita incluso para quien actúa o reflexiona, para el sujeto agente. Bien pronto se quiebra la confianza en los actos y los juicios, no ya de otros sino de uno mismo. Sujetos rotos con morales rotas. Pero la duda sobre la integridad del sujeto es libresca, ilustrada, culta y autocrítica. Todas, características presentes en el prototipo ilustrado del ciudadano, pero ausentes en el nuevo ciudadano real.

Supusimos que el sujeto agente era un ilustrado. Imaginábamos un individuo (de cuento de hadas) que sería, por lo menos, capaz de darse cuenta de que no sabía. Creímos que esa era la primera colocación de todo aquel que hubiera pisado una escuela. Creímos —y hemos sido ingenuos— que el sujeto consciente estaría en disposición de recibir sus ideas y opiniones políticas de alguien más, por ejemplo, algún líder que despertara curiosidad, admiración, confianza. La virtud que buscaron Montesquieu y muchos otros sigue siendo un imperativo, pero se volvió imposible de hallar. Las democracias necesitan reescribir su antropología porque aquel sujeto primario, que sabe que es ignorante, que entiende que no entiende, simplemente ya no existe. Quizá existió, digamos, hasta incluso la última década del siglo XX, y desapareció, o nunca fue el caso.

El sujeto que escuchaba y aceptaba idearios de los políticos (a quienes suponía ilustrados) pudo haber dependido de una sociedad que sabía vender ideas de progreso y mejoría y bienestar. Esa narrativa del mundo y la nación ya no sirven. La gente está muy enojada y muy asustada, y cree que la virtud consiste en castigar la corrupción de los otros.

Hacer cálculos bajo la especie del ciudadano ilustrado trajo desengaños irreparables; entre muchos: brexit, el referendo colombiano de paz y, más allá del resultado, el fenómeno Trump: ni un solo medio de comunicación importante dijo una sola cosa buena sobre él, pero no hubo modo de que bajara de la nata repugnante que lo llevaba como trofeo. Perplejidad de matemáticos: las encuestas habían sido confiables herramientas de pronóstico. Los cálculos siguen siendo correctos y verdaderos. ¿Qué falló? Me atrevo a proponer que han fallado no las matemáticas sino la antropología desde la cual hacíamos los cálculos: la ciudadanía es reinvento de la Ilustración, pero el ciudadano no es ilustrado y hoy no entiende el vínculo entre dichos y hechos.