Lo bello y lo triste

La vida, un aforismo

Todo texto defiende, aunque sea de forma implícita, un sentido, un sentido que deberá asumir el lector

Alguna vez George Steiner comentaba que al leer unas diez o cinco páginas de Balzac, y compararlas con tres párrafos de Simenon, se daba cuenta que este último llega al meollo del asunto casi instantáneamente, aunque comparado con Dickens, a éste le toma el doble de páginas que a Balzac introducirnos al núcleo de la trama. Para Steiner, Simenon evoca la Francia de su época en unas cuantas líneas, y lo hace mejor que cualquier historiador.

La novela así, que no se pierde en intentos de persuadir al lector de una teoría extensa y complicada o de una ideología antifascista y mesiánica, es la que Steiner prefiere. Sin embargo, todo texto defiende, aunque sea de forma implícita, un sentido, un sentido que deberá asumir el lector. Entonces, Steiner no está en contra de aquellos que escriben sobre proselitismo neomarxista, sino tan sólo, de que entendamos la intención de dicho asunto, después de cien páginas entrado el texto.

Me imagino que hoy en día muchos se sentarán a leer "En busca del tiempo perdido" y posiblemente, después de algunos meses, comiencen a comprender la trama, el simbolismo y las tesis que se esconden tras dicha obra, pero también habrá quienes piensen, que su lectura ha sido tiempo perdido.

Podríamos leer "Los hermanos Karamazov" entusiasmados y, tras doscientas páginas –que a algunos les parecerán tediosas–, comenzar a comprender por qué Dios no existe o impactarnos con trece palabras de Nietzsche: "Dios ha muerto, empero, durante milenios habrá cavernas donde se mostrará su sombra", para comprender la nomenclatura teísta de occidente.

Schopenhauer descubrió que la escritura fragmentaria muestra implícita la forma en que se desarrolla la existencia, porque al igual que un aforismo, la vida se nos presenta en episodios, en partes inconexas e inacabadas, que nosotros unimos, atribuyéndoles el sentido más libre y sustancial posible. De la misma manera nos enfrentamos a un aforismo como a un microcosmos, donde a partir de pocos elementos podemos encontrar un significado amplio e inagotable, una interpretación infinita que le da la vuelta al tedio.

Schopenhauer, aparte de tener una extensa obra en prosa, escribe en fragmentos, su estética existencial la construye a modo de aforismos, que como las situaciones de la vida, se configuren a manera de "cajones para nuestros pensamientos, donde abrimos uno y cerramos todos los demás".

El colombiano Nicolás Gómez Dávila también pensaba en fragmentos, porque prefería "escribir corto, para concluir antes de hastiar", y su obra es una extensa bibliografía elaborada en aforismos. Comentaba que algunas frases "son piedrecillas que el escritor arroja en el alma del lector. El diámetro de las ondas concéntricas que desplazan depende de las dimensiones del estanque". El diámetro que un conjunto de palabras puedan abrir en un lector, depende directamente de la profundidad perceptiva con la que éste interprete su propia vida. Su existencia, está posibilitada o no, a ser leída de forma inmediata en un aforismo.

La escritura fragmentaria es, si se logra comprender bien, la vida siendo en su proximidad, sin tanta faramalla, el sentido acaeciendo aquí: fugazmente, renovándose, en forma de palabras.
Escribir aforismos no es labor sencilla, a veces resulta más complicado que la prosa, el talento deviene en alcanzar cierta profundidad con pocas líneas.