Lo bello y lo triste

El otro reino del cine, ¿desaparecerá?

¡Se acaban los maratones nocturnos de cine de culto en el Centro Cultural José Martí! Han sido finiquitados bajo la incomprensión de Lucía García Noriega, actual titular de la Secretaría de Cultura del Distrito Federal. Es una pena que ciclos de cine, como los que Jorge Grajales preparaba con tanto detalle y pasión, sean ahora víctimas de la indiferencia y falta de apertura estética de aquéllos que deciden lo que ha de ser considerado "cultura". Es muy lamentable que el trabajo de casi catorce años de un cinéfilo, que por la pasión, el amor al arte y a su público, estuvo promoviendo y subtitulando películas, sin falta, desde 1999 hasta hoy, en estos momentos quiera ser borrado del mapa oficial de la cultura defeña.

Hay que pensar a las políticas culturales más allá de la élite, del negocio, de lo que la mayoría consume y de lo políticamente correcto. El cine que defendía Grajales es un cine que reta al espectador, un cine hasta cierto punto diferente, que insta a pensar, algo que a muchos servidores públicos y mercenarios de la cultura les hace falta, para tener, al menos, un poco de tolerancia ante la diversidad.

A continuación, el resultado de una fructífera e inteligente charla con Jorge Grajales, merecidamente conocido como el "Rey del otro cine".

—Explícanos Jorge, ¿qué tipo de películas se proyectaban en el Centro Cultural José Martí?

El nuestro era un espacio que le daba principal cabida a un cine popular y de género, considerado de poca valía, proveniente de diferentes partes del mundo: se veía cine fantástico checo, películas propagandistas de acción de Corea del Norte, cine de terror brasileño, truculento cine sanguinolento italiano o películas devocionales de la India. De igual manera, proyectábamos obras inéditas en su momento, de cineastas importantes y variopintos -como los cortometrajes de Peter Greenaway, de Roman Polanski y de Richard Kern- o películas de directores que más tarde serían nombres familiares dentro de las muestras de la cineteca, como Wong Kar-wai o Kim ki-duk.

—La pregunta apremiante, ante el cierre de los maratones de cine en el Centro Cultural José Martí, es antes que nada: ¿quiénes son los más afectados, cuál es el público que Grajales logró generar a lo largo de estos casi catorce años?

Entre los asistentes se gestaron proyectos como el sitio web "Revista Cinefagia" o el programa de televisión sobre cine de género titulado "Paracinema", el primero en su tipo en México. Alberto Acuña, una de las plumas jóvenes de la crítica de cine en México, fue un asiduo asistente. Sé de una mujer que conoció a su pareja en estos maratones de cine y producto de esta relación, formaron una familia.

—Es importante señalar, que el fin primordial del arte no es la remuneración económica. ¿Cuántos años estuvo el "Rey del otro cine" haciendo sus maratones sin cobro alguno? ¿Por qué lo hiciste?

El gusto y la pasión por estar al frente de cineclubes fue algo que aprendí en mis estudios de bachillerato. Mi propia inclinación cinéfila me llevó a ser un asistente frecuente del espacio de cine que albergaba el CCH Azcapotzalco, llevaba por nombre "Sol Negativo", del cual me encargué cuando sus creadores egresaron. Esos primeros maratones fueron gratuitos, pero siendo jóvenes y entusiastas en aquel entonces, mi compañero y yo hasta hubiésemos pagado por pertenecer a un espacio como el Centro Cultural José Martí. Ya en pleno manejo del gobierno del Distrito Federal emanado del PRD, se gestionó mi remuneración institucional desde la Secretaría de Cultura y empecé a cobrar por honorarios. Por un tiempo la entrada al maratón fue gratuita, posteriormente regresó el donativo, que al momento de su cierre, era de treinta pesos.

Durante 2013, no percibí remuneración por la realización de los maratones de cine. Fue un año tibio en la definición de los contratos y a mediados del mismo decidí esperar para cobrar todo el año de jalón. Grave error de mi parte, ya que al parecer esto no será posible.

No olvidemos que la experiencia de ver cine es una experiencia colectiva y al desaparecer el espacio, esa experiencia, con todas sus ramificaciones, desaparece también. A todo esto, es pertinente recordar lo que Picasso decía: "la pintura no puede detener una bala, pero puede detener que una bala sea disparada".