Lo bello y lo triste

Sobre el recuerdo

Una fábula muy conocida entre sabios con toga, cuenta que los hombres tienen que ascender al cielo en carruajes tirados por búhos negros, para conocer el mundo en su entera realidad, más allá de cualquier interpretación determinista que la mirada particular le consigna a la vida.

El mito asegura que desde las alturas, el entendimiento puede abarcar un mayor número de cosas, porque la vista convencional queda congelada, la retina se cierra y la cabeza del hombre se convierte en ese ojo triangular, un tipo de Horus poderoso que todo ve.

El conocimiento verdadero sobre los objetos de la vida y también de lo que albergamos en nuestra caja torácica, como el alma, las emociones, el erotismo y las situaciones casi indescifrables del mundo invisible, se conocen sólo así, por medio de esta mágica ascensión al cielo.

El hombre que vuela hasta allá, se convierte en Pegaso, en un espíritu que convive con los dioses, que mira la tierra desde el Olimpo, que todo lo comprende. A esa conciencia plena, sólo se llega por medio de la reminiscencia, del absoluto recuerdo de haber atravesado alguna vez las nubes, que lo arrojaron a la evocación de una existencia pasada, o de muchas, dependiendo de la extensión de su memoria. 

Algunas veces, tras la experiencia de subir abruptamente, el alma cae en picada, impactándose en la superficie terrícola, olvidando con violencia inmediata lo que aprendió en su visita al cielo. Esto le ocurre generalmente al adulto, que en sus ansías de pragmatismo frente a la vida, no logra evocar las maravillas de su paraíso perdido.

Platón, un filósofo de alcurnia griega, también escribió una fábula  sobre el recuerdo. Creía que las cosas de este mundo eran copias imperfectas de una realidad majestuosa, de un supramundo. Al cual sólo podíamos acceder recobrando cierto estado de inocencia frente al perverso mundo racional, pero a la vez, convirtiéndonos en sabios, renunciando a ser subyugados por las urgencias vulgares de lo cotidiano. 

Estoy segura que alguna vez di un paseo por las alturas, llevada por una cadena de búhos que quisieron mostrarme la verdad del universo, pero aún era muy niña y sólo quedaron detalles borrosos de lo que miré.

Recuerdo un cuarto lleno de pelotitas de colores, sobre las cuales caminaba sin resbalar, junto a niños de nacionalidades diversas, que hablaban idiomas que a ningún adulto le escuché jamás. Las nubes me enseñaron a jugar, no sé qué más pude hacer allá, no sé cuál otra fue la verdad absoluta que aprendí en mi huída al cielo.

Desde entonces, sólo recuerdo esa Babelia de la infancia, un terruño al que siempre aspiro regresar, en el cual se hablaban distintos idiomas, y a pesar de eso los comprendía. Porque no entendía palabras aisladas, sino tramas completas de vidas desconocidas. 

De esa travesía por las alturas,me quedó la sensación de un conocimiento eterno, uno al que sólo se podría acceder divorciándome del restringido uso de la lógica, recuperando el espíritu infantil.

Encontré en la literatura una posibilidad de evocar aquella enseñanza  superior, para habitar nuevamente el reino de los lenguajes infinitos, al cual, sólo el lúdico ejercicio de escribir podría devolverme.

 

@julietabalver