Lo bello y lo triste

Al papá filósofo

A Franco Volpi in memoriam

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer jamás pudo comprobar empíricamente su teoría de que la inteligencia se heredaba de la madre, mientras que el carácter del padre; por su parte, Nietzsche nunca logró forjar una relación seria con una mujer, menos tener algún tipo de nexo paternal. Por su lado, contemporáneos como Deleuze o Vattimo quien no parecen mostrar mucho interés por el sexo femenino, tampoco serían padres. La lista de filósofos que han decidido escapar de las redes de la paternidad es mayor a los que han decidido quedar enredados en asuntos familiares.

Existe un escritor francés llamado Pierre Riffard y aunque sus intereses son poco ortodoxos –famoso por tratar temas dedicados al esoterismo, los amoríos, traumas y escándalos de la farándula intelectual–, sus análisis son chistosísimos. Hace algunos años publicó "Los filósofos: Vida íntima" (Les philosophes: vie intime), una obra dedicada a quitarle al mundo filosófico su carácter solemne y acartonado, ¡la sabiduría también tiene que divertir! Las estadísticas que aparecen en el libro de Riffard son contundentes, ahí se señala que el 70 por ciento de los filósofos prefieren permanecer solteros, mientras que el 99 por ciento son varones, entre otros datos serios para comprender el tan complejo pensamiento de personajes de dicha monta.

Nos queda claro que la mayoría de los filósofos permanecieron solos y sin hijos, sin embargo el determinante biológico es un destino del que nadie puede escapar, por lo que de alguna manera se ejerce –aunque seas filósofo– el instinto paternal. ¿Qué otro medio utilizaron para llenar ese vacío y ser –aunque fuese en sentido metafórico–, padres?

Pues bien, Schopenhauer escribía que "no podía vivir sin su perro", por lo que posiblemente ese fue el modo de ejercer su lado paternal, aunque, pensándolo bien suena muy trivial. El muy viejo Ciorán, en los últimos años de su vida –ochenta y muchos–, llevaría una relación con una veinteañera que casi podría ser su hija, sin embargo esta anécdota suena más a incesto y entonces creo que tampoco es un buen ejemplo de paternalismo.

La tercera es la vencida y viene a mi mente un último ejemplo, creo que Sócrates nos dice cómo ejercer la paternidad evadiendo sin tener que mantener a una criatura al menos por década y media. La leyenda y los libros de historia cuentan que el filósofo griego paseaba por el Ágora, provocando a los jóvenes a pensar por sí mismos –antecedente que después lo condenaría a muerte por "corromper a la juventud"–, les enseñaba contenidos profundos, que intentaban responder a preguntas como ¿qué es el alma?, ¿qué es el bien?, ¿cómo podemos definir la belleza?, ¿si el mundo es un engaño?, ¿si todos mienten?, ¿cómo vivir de modo auténtico? y ese tipo de preguntas que nadie se hace en lo cotidiano. Tales enseñanzas las llevaba ?como todo filósofo que siempre ha de inventarse un método?, por medio de la mayéutica, término que en su sentido original remite al arte de hacer nacer bebes, concepto que Sócrates adecuaría para su propio beneficio.

La mayéutica es, en sentido socrático, un medio desde el cual se intenta guiar al interlocutor –sus jóvenes alumnos– por medio de preguntas a un saber nuevo, con la intención de hacer que el interlocutor se dé cuenta por sí mismo del error en el que se encontraba, y llegue, por medio de su propia capacidad, a parir conocimientos. Sócrates mismo decía: "Mi arte es, en general, como el de las parteras, la única diferencia es que mis pacientes son hombres, no mujeres y que mi trato no es con el cuerpo sino con el alma, que está en trance de dar a luz". El filósofo griego ejerció su instinto paternal adoctrinando las mentes de muchos discípulos y no sólo eso, también fue el encargado de estar ahí cuando sus alumnos fueran padres de nuevas ideas, de esos hijos fieles a Sócrates nacería Aristóteles.

La paternidad ha sido ejercida por muchos filósofos, mismos que fueron no sólo padres de sus propios alumnos, sino también de los futuros, de ahí que muchos sigamos teniendo el apellido del padre intelectual –muerto hace siglos o décadas atrás–, y nos hagamos llamar nietzscheanos, heideggerianos o por qué no, volpianos.