Lo bello y lo triste

El arte de tratar con las mujeres

“Cuando las leyes otorgaron a las mujeres los mismos derechos que a los hombres, habrán debido concederles también una inteligencia masculina”. Escribía Schopenhauer, justificando “racionalmente” el colosal odio que parecía tenerle al sexo femenino.

Me gusta creer que cuando un intelectual se deja vencer por su misoginia, realmente fue su madre una mujer muy inteligente, o una muy desagradable. Quiero pensar que cuando un hombre de letras, o algo así, esconde en su interior un profuso odio hacia el género femenino, es consecuencia de que tiene o tuvo problemas con su madre.

Algo así le sucedió a Schopenhauer, famoso por ser uno de los mayores exponentes del pesimismo, pero también por sus polémicas frases machistas. Su madre, Johanna Schopenhauer, una astuta dama, que tras enviudar, decidió salir del anonimato. Comenzó a erigirse como una literata famosa y una mujer de sociedad. Albergaba en su casa tertulias, a las que asistían personajes como Goethe o Humboldt.

A lo largo de su trayectoria como escritora, Johanna tejió relatos, misceláneas, libros de viaje, y novelas. Moreno Claros, el ensayista español que ha traducido una de sus novelas más importantes, “La nieve”, comenta que fue la primera autora alemana en escribir de manera profesional y constante: cobraba por sus textos.

Johanna, también estuvo entre las primeras que prefirieron dejar de esconderse en  pseudónimos —estos que utilizaban muchas para hacer creer a los demás que eran autores masculinos—y que se atrevió a firmar con su nombre propio. Así el hijo, Arthur Schopenhauer, seguramente archivó en su memoria una cierta envidia hacia su madre. Una que lo traiciona a lo largo de su obra filosófica.

Schopenhauer no puede controlar su furia, la hace estallar una y otra vez en sentencias repulsivas hacia las mujeres. Este género tramposo y fútil, que asegura su futuro económico usando su belleza, juventud y poderío sexual.

El filósofo arremete contra esta insensibilidad intelectual y emocional que a su juicio tiene el “sexo débil”. Que sólo se toma en serio la profesión del “amor, las conquistas y todo lo que ello conlleva, como arreglarse, ir a fiestas, etcétera”.

El mundillo erótico, la coquetería y el indomable juego de la seducción, es el gran negocio de las mujeres. Es donde afinan sus garras para atrapar al mejor partido, al mejor proveedor. Para Schopenhauer, las mujeres son de verdad malas y tienen ese poder magnánimo de arruinarle la vida a cualquier hombre, hasta al más inteligente.

Para el filósofo, las mujeres son criaturas inconscientes pero provistas de mucho instinto. Son el receptáculo de la vida, las encargadas de seguir procreando la especie y nada más. En eso radica su maldad, en un tipo de inocencia que las orilla a ser el vehículo de una poderosa voluntad que ignoran, que supedita toda su astucia y razón a buscar al esposo más conveniente.

El deseo sexual y el amor, una horripilante estafa que evita la extinción de los humanos sobre la tierra. ¿Y el matrimonio?, es sólo un contrato ventajoso para la mujer, pero fatal para el hombre. A ellas “sólo les interesa el matrimonio como institución de beneficencia”.

Y ¿qué le sobraría decir al filósofo sobre las mujeres que concentran sus esfuerzos en otros intereses, que no están en la idea conseguir un marido? ¿A qué fines se someten las mujeres eruditas, como lo fue su madre? Schopenhauer abusa del ‘machocéntrismo’. Para él, hasta la mujer más intelectual, lo será en aras de atraer la atención de un hombre.

Su conclusión es que ellas tan sólo tienen un control indirecto frente a todas las cosas y todos los temas. De ahí que su aprecio por las artes y el pensamiento, sea sólo una apariencia, una habilidad para conseguir el cuidado de lo único sobre lo que sí tiene un dominio directo: el hombre. El hombre, subordinado a los encantos femeninos, el hombre que es siempre más débil que cualquier mujer. Aquí Schopenhauer metió auto gol.

Esta larga tradición filosófica, que menosprecia la inteligencia de las mujeres y que en su mayoría las ha borrado de la historia oficial, no está para justificar a Schopenhauer. Pero sí para reflexionar, como lo diría Franco Volpi, que “así como Heidegger ha afirmado que la filosofía occidental adolece de un olvido del ser, así también se puede decir que está aquejada por algo mucho más insólito, a saber, un olvido de la mujer.”

Principio del formulario