Lo bello y lo triste

La aniquilación de la muerte


Debo confesar que mi padre me heredó la melancolía de "lo esencial", pero he madurado, me convertí en Edipo, y aún así, sin ojos para lo más mundano, no he logrado sentir a Dios.

Hace algún tiempo murió una de las personas más representativas de mi vida, tuve miedo, sí, por primera vez me enfrentaba a la pérdida en sentido real. Al ensayo inicial de un olvido obligado, o de una depresión que podría durar años. Estaba ahí frente a él, viéndolo, ¿muerto? Los días pasaron, yo una víctima, una Morella quebrada por el dolor, triste y delgadísima, pero al final pesada, sí, como una carga emocional, insostenible, para cualquiera que se atreviera a ser mi amigo. Me quedé sola.

Dormí más de lo que mis fuerzas me permitían, porque nadie tuvo la intención de ayudarme. La gente tiene una incapacidad para angustiarse en equipo. Mi vida oscilaba entre momentos de indiferencia y aquellos en los cuales deseaba seguir al muerto cuanto antes. Un buen día desperté temprano y me di cuenta que quizá nadie sufriría así por mí, y mi muerte no será más que un espacio vacío (y deseado) en una instancia federal.

Algo parecido a la trágica historia de Ivan Ilich, el patético funcionario público, de 'alto nivel', que al sentir cerca la muerte da aviso a sus colegas y lo primero que se les viene a la mente es que su fallecimiento podría acarrear beneficios laborales, como ascensos para ellos y sus recomendados.

Dejé de sufrir por la muerte ajena para comenzar a sufrir por mí funeral, al cual seguramente muy pocos irían, debido a mi creciente misantropía que en unos veinte años más se habrá triplicado. O incluso, entre los que decidan asistir a mi último adiós, no faltará el hipócrita compasivo, que lleno de lágrimas hasta los pies, irá a verme en mi lecho de muerte, para quedar bien con mi jefe y quizá robarse mi antiguo cargo. Puede ser también que entre la familia existiese uno que otro traidor, que al morir deseará usurpar mi puesto como hija o hermana, eso en el caso de que yo me fuera antes que mis padres.

¿Antes o después? La angustia ha vuelto, pero como arma de doble filo: si muero siendo longeva, sufriré más porque tendría que enfrentarme a muchos duelos. Pero si por el contrario, muero en unos años más, me iré sin haber vivido lo suficiente, frustrada y corta de emociones y experiencias.

He pasado los años con el miedo a que alguien muy querido me abandone, o que yo misma sea quien deje este mundo. Sin embargo, apenas me he dado cuenta que no ha valido la pena seguir viviendo con miedo.

La época marca una constante obsesión con la muerte individual y colectiva. La masificación los asesinatos, la publicidad idolatrada de los suicidios y las masacres televisivas, hacen de la vida un peso, produciendo una extraña fijación con aquello de lo que posiblemente, llegando la hora, no seremos muy conscientes: nuestro propio fin.

Si bien respeto las tradiciones, a partir de este año, no creo volver a festejar el día de muertos, porque la tristeza y el miedo sólo me hacen rezagarme en la labor de vivir y entonces sólo me vuelvo demasiado vieja para mi victoria. Hay que enfrentar la inevitable finitud desde esta existencia y sólo desde aquí, porque ninguna otra existencia nos será posible post-mortem.

El fallecido ni siquiera prueba el pan, el altar de muerto queda intacto, sin embargo, las esperanzas nihilistas nunca se extinguen y al muerto ni siquiera le importan.

Aceptar la vida como esto y nada más, es un buen propósito para el resto de nuestros años.